El genocidio de Ruanda

por Andrés Saslavsky

Foto: UN/J. Isaac. Fuente

Una página arrancada de los libros de historia

Si tenés menos de 30 años, tal vez nunca te enteraste. Es un tema que no se menciona en ningún programa educativo de la secundaria ni en las cátedras universitarias, así como tampoco es un tópico de conversación en bares ni oficinas. Mucho menos en canales de televisión. Aún si tenés más de tres décadas sobre la espalda, muy probablemente tampoco tengas conocimiento. Es lógico: en 1994, en esta parte del mundo estábamos muy enfocados en la opulencia del “1 a 1”, en la reforma de la Constitución Nacional y en que Diego Maradona nos regalara otra alegría mundialista.

Para todo Occidente, África es una tierra demasiado lejana, con conflictos culturales propios, tan enmarcada por las luchas internas que resulta extremadamente difícil de comprender. Tal vez por ese motivo el planeta decidió seguir girando con total normalidad, mientras en un pequeño país ignoto de aquel continente olvidado se desarrolló una de las masacres más atroces y sádicas de la historia moderna.

El genocidio de Ruanda fue un acontecimiento surreal. Entre abril y julio de 1994, militares, grupos parapoliciales y civiles de la etnia hutu se dedicaron a asesinar de la manera más brutal a sus compatriotas de la etnia tutsi. Sus propios vecinos y amigos, con quienes alguna vez compartieron charlas, una mesa, un salón de clases, una cerveza o un partido de fútbol, se convirtieron en victimarios de un plan sanguinario diseñado por las altas esferas de la política local.

La cantidad de cadáveres cercenados, amontonados en cualquier calle de la pequeña nación, aún es motivo de discusión. Para algunos historiadores, la cifra llegó a 500.000. Otros estudios duplican esa cantidad: un millón de seres humanos exterminados. El número más aceptado es 800.000 (1). Será por estas estadísticas inimaginables que el genocidio de Ruanda es considerado “el Holocausto africano”, aunque esta denominación tal vez sea una manera sutil de romper la apatía de los silenciosos libros de historia.

Esto es Ruanda

En medio de gigantes territoriales de África como el Congo, Uganda y Tanzania, se esconde una zona montañosa de apenas 26.338 kilómetros cuadrados, que concentra a aproximadamente 12,7 millones de habitantes. Allí estableció sus límites la República de Ruanda, también denominado el “país de las mil colinas” por su accidentada geografía, con Kigali como su capital.

Ruanda en África
División política de Ruanda y países limítrofes.

Desde el siglo XV conviven en esta zona tres etnias: los hutus (84% de la población actual), los tutsis (14%) y los twa (1%, aunque permanecen como una sociedad aislada). Los últimos en llegar a la región, los tutsis, formaron un Estado alrededor de Kigali, se expandieron y subyugaron a los hutus bajo un régimen similar a un monárquico feudal.

La casta dominante controlaba el ganado, las tierras, la política y las fuerzas militares. Los pertenecientes a la etnia mayoritaria no podían acceder al gobierno, pero tenían la posibilidad de insertarse en el sistema y, de esta manera, ascender en la pirámide social. Así, un hutu que acumulaba suficientes propiedades podía llegar a ser considerado un tutsi.

En consecuencia, este sistema social acababa por mezclar ambas etnias. En poco tiempo, “hutu” y “tutsi” dejaron de ser denominaciones culturales y pasaron a ser una forma de designación socio-económica: unos eran los pobres y otros, los ricos.

Así se mantuvo la paz en la civilización local hasta que, a finales del siglo XIX, irrumpieron en África los colonizadores. Alemania estableció un protectorado en Ruanda hasta su derrota en la Primera Guerra Mundial. Posteriormente, este territorio pasó al control de Bélgica, lo cual cambió para siempre el destino de esta pequeña nación africana. En definitiva, este hecho marcó el origen de una “grieta” brutal.

El gobierno belga estableció un control estricto sobre la vida cotidiana ruandesa, con privilegio absoluto para los tutsis. Por supuesto, las autoridades del país europeo tenían el problema de no poder distinguir a una etnia de otra a simple vista. Por esta razón, a partir de 1934, los europeos hallaron una “solución”: un apartado en el documento de identidad que marcaba a fuego al portador. Si poseía más de diez cabezas de ganado, la persona calificaba como “tutsi”; en caso contrario, se la encasillaría como “hutu”.

(Documento de identidad Ruandés. Fuente original)

Quedaba claro, a esta altura, que pertenecer a una u otra casta ya no tenía relación con la cultura ni con las raíces, sino con el poder adquisitivo. Así se empezó a construir una sociedad polarizada con altos niveles de tensión.

“Revolución Hutu”

A partir de la década del ’50, Ruanda se sumó al resto del continente africano en los procesos de descolonización. Fueron los tutsis, en su carácter de grupo dominante, quienes comenzaron la lucha por la autonomía del país, pero la mayoría hutu no quería quedar fuera de la historia. Así, ambos bandos crearon sus respectivos partidos políticos.

De esta manera se gestó “Revolución Hutu”, un movimiento extremista que no sólo quería el poder, sino desterrar de manera violenta a la minoría dominante. El primer conflicto se disparó en 1959, cuando un grupo amplio de campesinos hutus, armados con machetes y lanzas, atacaron a los tutsis y sus propiedades, dejando como saldo 20.000 asesinados y 150.000 personas exiliadas a países limítrofes.

Al margen de las consecuencias trágicas, esta sublevación fue la piedra fundamental para la autonomía de la nación. El 1º de julio de 1962, Ruanda declaró su independencia, dejando atrás la monarquía tutsi para darle lugar a la democracia de la mayoría hutu. El poder cambiaba de manos mientras las diferencias entre ambas castas se profundizaban cada vez más.

Grégoire Kayibanda, líder hutu, se convirtió en el primer presidente ruandés. Fiel a su partido, encabezó un gobierno etnicista y revanchista contra los tutsis, quienes se vieron excluidos de la vida pública y sufrieron persecuciones sistemáticas. ¿El resultado? Miles de ciudadanos atemorizados huyeron de su tierra.

Los refugiados tutsis en la periferia de Ruanda desbordaban los campos y la subsistencia resultó insostenible. Las paupérrimas condiciones, sumadas al resentimiento contra sus verdugos, forzó a los desterrados a organizarse con un solo objetivo: la venganza. De más está decir que no estaban listos para derrocar al presidente ruandés, aunque sí lo pusieron en aprietos mediante pequeños atentados contra comunidades hutus.

Desde el gobierno de Kayibanda sólo supieron responder de una manera: más sangre de los tutsis que aún permanecían en el país.
En este contexto, el conflicto sólo podía escalar. Con el fin de descomprimir las tensiones, en 1973 Kayibanda fue depuesto (y ejecutado) por el jefe de su Guardia Nacional y nuevo mandatario, Juvénal Habyarimana.

Juvénal Habyarimana. Foto recuperada de aquí

El flamante presidente gestionó con mano dura y fuerte represión a toda oposición, pero hubo un esbozo de inclusión hacia los tutsis que demostraran su lealtad al gobierno. Si a esto le sumamos una era de explosión económica en los ‘80, Habyarimana parecía ser el indicado para guiar un período de reconciliación. Las esperanzas, sin embargo, no tardaron en apagarse.

La “primavera” económica ruandesa acabó más rápido de lo que se creía. El pueblo sufrió las consecuencias y, en los límites del país, los tutsis refugiados vieron la oportunidad de retomar las hostilidades.

Poder hutu

El “clan Akazu” fue un círculo cerrado cercano al presidente Habyarimana que llegó a controlar a toda Ruanda desde las sombras. Para la década de 1990, este pequeño grupo dominaba el rumbo económico del país, el ejército, la policía y las empresas más prósperas

Al margen de su sospechada corrupción, la fama de esta entidad secreta se vincula con las ideas extremistas que plantaron la semilla del exterminio. El clan Akazu creó el lema “poder hutu” para recordarle al grupo mayoritario de ruandeses que la reconciliación con los tutsis no era una posibilidad, al considerarlos “invasores”, “extranjeros”, “apropiadores” y “explotadores”.

En septiembre de 1990, los tutsis en el exterior, organizados bajo el Frente Patriótico Ruandés (FPR), invadieron Ruanda y estalló la guerra. Desde Akazu no se quedaron quietos y comenzaron a armar la “Opción cero”, un equivalente de la “Solución final” de los nazis. Así, mientras importaban armas de asalto y machetes en cantidades exorbitantes, se creó de manera extraoficial el grupo paramilitar “Interahamwe”, integrado por estudiantes, campesinos, trabajadores y desempleados.

El único requisito para enlistarse era tener la marca de “hutu” en el documento.
Al mismo tiempo, con el fin de impregnar el odio en toda la población, se fundó en 1993 una de las emisoras radiales más nefastas de la historia. La RTLM tuvo un éxito rotundo a la hora de difundir los peores sentimientos en la masa, repitiendo constantemente que Ruanda les pertenecía a los hutus e insistiendo en la necesidad de eliminar a los “inyenzi” (“cucarachas”) para siempre.

En pleno conflicto armado, los países de la región comenzaron a presionar a Ruanda para hallar una salida pacífica. El presidente Habyarimana asistió protocolarmente a cada una de ellas, hasta que el 6 de abril de 1994 ya no pudo volver: su avión fue derribado por dos misiles.

(restos del avión en el que viajaba el presidente Habyarimana. La foto original fue recuperada de aquí.

El estallido

En aquel momento, nadie tenía dudas: los tutsis habían sido los responsables de asesinar al mandatario. Tiempo después, esta afirmación se puso en cuestión: existe la teoría de que los hutus planificaron el atentado. ¿El objetivo? Tener la excusa perfecta para soltar la furia.

Las matanzas no se hicieron esperar. Las primeras víctimas fueron los políticos que podrían haber obstaculizado a la “opción cero”. El gobierno de transición, liderado por Theodore Sindikubwabo, quedó formado exclusivamente por extremistas y, para “reestablecer el orden”, se oficializó la grieta: en la Ruanda de 1994 no iba a haber lugar para intermedios, por lo cual toda persona que no se identificara como hutu radical sería considerada tutsi. Y esto incluía a los hutus moderados, o sea, aquellos con ideas contrarias al asesinato de las “cucarachas”.

A partir del 7 de abril, los milicianos de la Interahamwe tomaron las calles de Ruanda armados con machetes, masacrando sádicamente a todo tutsi que se cruzara en el camino y organizando retenes en calles, avenidas y rutas, con el fin de cortar la huida de sus víctimas. Los civiles hutus, mientras tanto, recorrían sus vecindarios con armas precarias en busca de sangre fresca. Así fue como los ciudadanos participaron en comunidad del genocidio, junto con militares y paramilitares, con la total aprobación del Estado.

(Fuente)

Llamaba la atención que los hutus no sólo tenían la intención de suprimir al “enemigo”, sino de hacerlo con la mayor crueldad posible. Los testimonios son desgarradores: oficiales de la ONU destinados a Ruanda declararon que las mujeres eran violadas, empaladas y mutiladas. Ni siquiera los niños se salvaban: morían desangrados o amputados a machetazos, frente a los ojos de sus padres. A veces, los mismos progenitores eran obligados a matarlos. Incluso había víctimas que pagaban para morir con un disparo en la cabeza y evitarse la horrible agonía del machete.

Entre sus estrategias preferidas, los asesinos concentraban en lugares cerrados (iglesias, colegios, etc.) a un gran número de víctimas. Luego clausuraban todas las salidas y los machetes cumplían su tarea.

Para fines de abril, la Cruz Roja calculaba que las muertes en Ruanda superaban la barrera de los 100.000. Mientras tanto, el mundo miraba para otro lado.

Silencio

En 1993, el general canadiense Romeo Dallaire fue enviado a África como parte de la Misión de Asistencia de las Naciones Unidas para Ruanda (UNAMIR). Con lujo de detalles, el oficial supo anticipar lo inminente tres meses antes del estallido, en un fax enviado a las oficinas de la ONU. Desafortunadamente, el documento fue recibido, leído superficialmente y arrojado en algún archivero.

El silencio de la comunidad internacional antes y durante el genocidio fue escandaloso. ¿Cómo se explica que las Naciones Unidas, en pleno desarrollo de las matanzas, haya reducido su contingente en Ruanda? ¿Por qué las potencias extranjeras dilataron tanto su intervención?

Lo cierto es que no había deseos de detener la masacre. Y no sólo por apatía. Francia, por ejemplo, tenía diálogo estrecho con Habyarimana y, en secreto, se oponía a que los tutsis tomaran el poder. No por cuestiones étnicas: en realidad, el gobierno de François Miterrand tenía cierto temor de perder sus privilegios económicos en la región.

Algo parecido ocurrió con Estados Unidos, país que no sólo apoyaba al FPR tutsi, sino que había participado en su entrenamiento y financiación.

¿Pero por qué tanto silencio por parte de EE.UU., un país históricamente “adicto” a las invasiones en el extranjero? Por un lado, le convenía aparentar neutralidad, tomando en consideración su estrepitoso fracaso en Somalia un año antes (con grandes pérdidas humanas, materiales y de prestigio político internacional). Por el otro, el caos interno en toda África le resultaba beneficioso.

Las potencias estaban lejos de sentir indiferencia por esta zona del mundo, muy rica en minerales que despiertan la ambición de las naciones desarrolladas. En este sentido, ¿qué era preferible para Estados Unidos? ¿Un gobierno ruandés fuerte y próspero o el desorden interno?

La respuesta no es difícil: las guerras internas vienen de la mano de pocos controles fronterizos, guerrillas desorganizadas al mando y mayor predisposición a la corrupción. Estos factores siempre son favorables para el contrabando. Así, las potencias se desligaban de su responsabilidad en tanto esperaban beneficiarse de la exportación ilegal.

Mientras los machetes continuaban saciando su sed de sangre, la ONU no pronunció la palabra “genocidio” hasta el 17 de mayo, o sea, 41 días después del estallido. La intervención se hizo esperar aún más: recién el 22 de junio se aplicó la Operación Turquesa para detener las matanzas. Ya no era necesario. Para esa fecha, el FPR estaba ganando la guerra, mientras el Ejército de Ruanda y la Interahamwe huían despavoridos del país.

El 15 de julio, la guerrilla tutsi tomó Kigali y dio por terminado un genocidio que duró 102 días y que dejó una cantidad inconmensurable de cadáveres en las calles. Pero esto no significó el comienzo de una era pacífica en la zona de los Grandes Lagos, en donde la tragedia ruandesa tuvo sus réplicas.

(Caravana de soldados, milicianos y civiles hutu escapando en masa hacia Zaire- Foto original)

El desenlace de la guerra derivó en huidas masivas de civiles y milicianos hutus hacia el oeste, principalmente a Zaire (hoy, República Democrática del Congo). Se calcula que unas 2.000.000 de personas colapsaron los campos de refugiados en el sur del país centroafricano, desatando así una catástrofe sanitaria de proporciones gigantescas.

El FPR ya tenía en sus manos a Ruanda, pero no quería perder tiempo. La posibilidad latente de que los hutus rearmaran sus fuerzas desde el exterior llevó al partido tutsi a tomar medidas extremas.

Así, el Frente Patriótico Ruandés financió a las guerrillas tutsis zaireñas para atacar los campos donde se escondían los sobrevivientes de la Interahamwe. Este enfrentamiento fue uno de los fundamentos de la Primera (1996) y Segunda Guerra del Congo (1998), que se cuentan entre los conflictos más cruentos de la historia de África.

Consideraciones finales

El gran desafío de Ruanda desde agosto de 1994 es la reconciliación. La ONU, ausente en momentos de mayor necesidad, creó en noviembre de ese año el Tribunal Penal Internacional para Ruanda (TPIR), con sede en Tanzania. Su función fue poner en el banquillo a los principales instigadores y responsables de los crímenes.


¿Y cómo se encargó el país de castigar a los civiles y milicianos que asesinaron a sus vecinos? Para ellos, la Justicia tradicional de Ruanda: el “gacaca”. Este tribunal tribal consistía en reuniones al aire libre, en donde los acusados se defendían a sí mismos. Delante de ellos, nueve “jueces” (ciudadanos comunes con una breve capacitación) decidían su suerte.

(Paul Kagame, fundador del FPR, líder de la resistencia tutsi y actual presidente de Ruanda. Foto original).

Alrededor de 12.000 “gacacas” juzgaron a unos 850.000 acusados en toda Ruanda. Una justicia bastante precaria para la visión occidental, pero tal vez el camino más corto hacia el perdón y el cierre de la grieta entre hutus y tutsis.

Irónicamente, la comunidad internacional puso el grito en el cielo, al considerar esta forma de enjuiciamiento una “violación a los derechos humanos de los acusados·. Gran paradoja: son los mismos países que, ya sea por indiferencia o por intereses oscuros, decidieron arrancar de los libros de historia esta escalofriante página.

Al tiempo que simulaban una preocupación paternalista, las potencias mundiales continuaron buscando, hasta la actualidad, la forma de beneficiarse de los recursos naturales de África sin ponerse colorados de vergüenza.

Mientras tanto, Ruanda está en paz y con sus heridas aún en proceso de cicatrización. Un país con memoria que está decidido a escribir su propia historia al margen del silencio internacional.

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Notas:

  • (1) DALLAIRE, R. (2003), Shake hands with the Devil. The Failure of Humenity in Rwanda, New York, Estados Unidos, Carroll & Graf Publishers Inc.

Bibliografía:

  • KABAGEMA, E. (2005), Un pueblo descuartizado: Genocidio y masacres en Ruanda, Lérida, España. Milenio Publicaciones.
  • KAPUSCINSKI, R. (1998). Ébano. Barcelona, España. Editorial Anagrama.
  • OLIVIERI, A Y LICITRA, K. (2011). La radio en Ruanda. Herramienta de genocidio y reconciliación. Saarbrücken, Alemania. EAE.
  • RODRÍGUEZ VÁZQUEZ, D. (2017). El genocidio de Ruanda: análisis de los factores que influyeron en el conflicto. Madrid, España. Instituto Español de Estudios Estratégicos. Disponible aquí , consultado en 01/2021.
  • ROYO ASPA, J. (2016). Los orígenes del conflicto en la República Democrática del Congo. Escola de Cultura de Pau. Barcelona, España. Disponible aquí, consultado en 01/2021.
  • Ruanda: una aproximación al conflicto y su evolución en el tiempo (s.f.). Madrid, España. Fundación Sur. Disponible aquí, consultado en 01/2021.
  • SASLAVSKY, A. (2020). El papel de los medios en el Holocausto y el genocidio de Ruanda. Saarbrücken, Alemania. EAE.

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