La vida y la muerte en el antiguo Egipto

por Iván Pardo

Nos encontramos a orillas del Nilo, río que sirvió a la comunidad egipcia como una división natural, ya que sus tierras estaban geográficamente partidas en dos por uno de los ríos más largos del mundo, y han edificado su civilización a cada lado del mismo gracias a las ricas tierras fértiles de sus orillas.

¿Tendrá algún significado en la cosmovisión egipcia este hecho particular? A cada lado del río Nilo le corresponde una faceta de la vida, siendo sobre la orilla occidental donde se edificaron en su mayoría las necrópolis (o “ciudades de los muertos”) y la oriental donde se edificaron las “ciudades de los vivos”.

Esto fue así porque en la cosmovisión egipcia el sol (el dios Ra) nacía por el oriente y moría por el occidente, y por ende, así también regresarían los fallecidos. Sucede en la cosmovisión egipcia que todo es binario, todo tiene dos caras, dos elementos. Así se concebía a la vida y a la muerte, como dos partes de un todo, y ese todo era el ser humano.

El humano en Egipto

Analicemos un poco la estructura del ser humano, ya que, para los antiguos egipcios, el ser humano poseía varios elementos distintos. El primer elemento es el Dyet (cuerpo) que sirve como envase de los demás elementos a los cuales protege. Un segundo elemento es el Ib (corazón), sede de los pensamientos y las emociones. Un tercer elemento es el Ka (fuerza vital), aquella que permitía diferenciar a un vivo de un muerto, muerte que ocurría cuando el cuerpo perdía su “fuerza vital”.

Un cuarto elemento era el Ba (alma) que es lo que hace única a cada persona y que, tras la muerte del individuo, si este era declarado justificado en el Juicio de Osiris, se convertía en un quinto elemento: el Aj (alma pura o justa) que puede “dirigirse a los Campos de Aaru y vivir eternamente junto a los demás justos y dioses” (Libro de los Muertos).

Un sexto elemento era el Ren (nombre), que recibía al nacer y que permitía a la persona mantenerse con vida tras la muerte del cuerpo, lo que explica los grandes esfuerzos de los faraones y magistrados para protegerlo y preservarlo en los monumentos, ganando así su eternidad. Caso contrario, destruyéndolo, se podía matar la eternidad de la persona.

Finalmente, un séptimo elemento era la Sheut (sombra) que contenía algo de la persona, ya que nunca le abandonaba y poseía un simbolismo mágico y protector. Un último y noveno elemento es el Sekhem (a fuerza y voluntad divinas) pero que sólo los faraones, sacerdotes y magos poseían, mediante iniciación, y que confería el “poder de los dioses” en el “Mundo de los Vivos” a su portador.

¿Justificados? ¿Juicio de Osiris? ¿Campos de Aaru? ¿Eternidad? ¿Mundo de los Vivos y Mundo de los Muertos? Vamos por partes.

Estos elementos tienen su papel en la vida y la muerte de las personas. Un ser humano, como todo mamífero, recibe al nacer del vientre de su madre su Ka (fuerza vital), el “soplo de la vida”, que le permite vivir hasta la hora de su muerte, cuando su Ka pierde toda su fuerza. También recibirá de sus padres un Ren (su nombre). Ya nacido habrá desarrollado su Ib (su corazón), recibido de los dioses su Ba (su alma), y obtenido su Sheut (su sombra). Convengamos que dicho infante, si es hijo o hija de un faraón, pues entonces al nacer también recibirá su Sekhem (su fuerza y voluntad divinas) digno de un miembro de la realeza egipcia.

¿Qué sucede en el “Mundo de los Muertos” cuando una persona muere? Cada persona en vida vive en el “Mundo de los Vivos”, es decir, en aquel lugar en el que habite (Tebas, Atenas, Esparta, Alejandría, un oasis, una cueva de montaña, campamentos, etc.).

A su muerte, su Ba (alma) deberá comenzar un viaje al “Mundo de los Muertos”, donde habitan los fallecidos y los justificados y al cual sólo se accede bajo esta forma espiritual. Estos mundos están conectados espiritualmente, siendo los fallecidos (espíritus) los únicos que pueden pasar de un “mundo” a otro y habitar en ambos simultáneamente, pero para los vivos no hay forma de conexión posible salvo esperar su muerte corporal o “segunda vida”.

No obstante, un vivo puede únicamente “pasar” o conectarse al “Mundo de los Muertos” mediante el “Mundo Onírico”, es decir, el “mundo de los sueños” que se encuentra entre ambos mundos; para ello deberá simplemente dormir, que es interpretado por los egipcios como estar “semi-muerto”, ni en un “mundo” ni en el “otro”.

En su viaje al “Mundo de los Muertos” deberá sortear 12 puertas (12 horas de la noche) las cuales están protegidas por dioses menores que exigirán al fallecido conocer las fórmulas mágicas que le permitan el paso. La puerta número 12, es la que conduce al Juicio de Osiris, y es en la cual se encuentra el dios Anubis para acompañar al difunto a ser enjuiciado.

El juicio de Osiris

El Juicio de Osiris es una ceremonia donde al difunto se le realizan una serie de preguntas acerca de sus acciones en el “Mundo de los Vivos”, para determinar si es una “buena” o una “mala” persona, preguntas realizadas por 42 dioses jueces bajo la vigilancia del dios Osiris, el dios Thot que anota y da formalidad al juicio con su pápiro y su pluma, y Anubis quien controla la balanza de la Justicia.

En dicha balanza se contrapesa el Ib (el corazón) de la persona fallecida (recordemos que es la sede de los pensamientos y emociones) con la Pluma de Maat (la verdad, la justicia, la moral y el orden cósmico). Si el Ib (corazón) pesaba más que la Pluma de Maat entonces el fallecido era declarado “culpable” por sus malos actos en vida, debía regresar por la puerta 12 a vivir fuera de los Campos de Aaru, y su corazón era devorado por la bestia Ammyt, quien aguardaba impaciente para comerse los corazones de aquellas “malas personas” (no pudiendo entonces resucitar).

Caso contrario, si el corazón pesaba menos o lo mismo que la Pluma de Maat, aquel fallecido era declarado “Justo de voz” o “justificado” y por ende, debía dirigirse a los Campos de Aaru, que es el “paraíso” de los egipcios para la vida eterna junto a Osiris y los demás dioses.

Representación del Juicio de Osiris en el Pápiro de Hunefer (dinastía XIX, 1310-1275 a
.e.c.) conservado en The British Museum (Londres, Inglaterra).

¿Qué sucede en el “Mundo de los Vivos” cuando una persona muere? Como mencione anteriormente, su Ba (alma) comienza el viaje al “Mundo de los Muertos”, su Ka (fuerza vital) le abandona completamente ya que su Dyet (cuerpo) muere y queda sin vida en el “Mundo de los Vivos”. Naturalmente, este Dyet (cuerpo) comenzará a descomponerse y deberá ser enterrado, sepultado o momificado. Recordemos que la historia egipcia tiene alrededor de 3.000 años de historia humana, y como en toda sociedad, hay una evolución en las prácticas mortuorias como los enterramientos, los sepulcros o la momificación a lo largo del tiempo. Veamos ésta última, que es una práctica única de Egipto.


(Embalsamadores realizando diversos pasos del rito de la momificación.
Se puede observar la purificación ritual de los trabajadores y del ambiente)

¿Qué es la momificación?

Es un rito funerario muy complejo, con varias etapas, que llevaba alrededor de 60 días de trabajo. Las etapas de la momificación pueden agruparse en varios pasos, teniendo en cuenta su evolución como práctica mortuoria a lo largo del tiempo, pero una lista promedio puede ser algo así:

  • 1) extracción del cerebro por la nariz con unos ganchos y ayuda de un líquido resinoso, que convertía facilitaba su extracción. El cerebro no era sede de ningún pensamiento ni emoción (como si lo era el Ib – corazón) y era entonces desechado, sin importancia.
  • 2) evisceración del cuerpo, (con la excepción del corazón), lavado del mismo con vino de palma, y rellenado con mirra pura triturada, canela y perfumes además de sal y telas.
  • 3) deshidratación del cuerpo bajo secado durante unos 60 días.
  • 4) vendaje del cuerpo completo, con ajuares funerarios protectores, otorgados al embalsamador por la familia del difunto.

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Con la momificación no se pretendía otra cosa más que conservar en buen estado el cuerpo del fallecido, consiguiendo evitarse toda descomposición cadavérica que sobreviene tras la muerte del Dyet (el cuerpo) y conservar así una apariencia física perfectamente reconocible. Hay que destacar varios momentos de evolución de esta práctica:

  • Período pre-dinástico (4000 a 3150 a.e.c.): a principios del período simplemente se cubrían los cuerpos con esteras y se enterraban en el desierto. A fines del período comienzan los enterramientos en pirámides (faraones y realeza) o en tumbas-mastaba (para los particulares) con acompañamiento de ajuares funerarios diversos. Comienzo de los enterramientos en sarcófagos. Aparición de las primeras necrópolis.
  • Período antiguo (2635-2155 a.e.c.): comienzan los cuerpos a ser recubiertos con resina y yeso además de comenzar la práctica de evisceración (sólo para la familia real) y el secado al sol o al natrón (secado al sol para los pobres, secado al natrón para los ricos). Aparecen los altares de comidas en las tumbas, con la finalidad de “dar alimento y bebida” al Ka (alma) del fallecido, que regresaba a su tumba para “alimentarse”. Con el tiempo se reemplazan las comidas por expresiones artísticas murales de las mismas, que conservaban la esencia misma del alimento en forma de fórmulas mágicas y se evitaba la putrefacción natural de la comida.
  • Período medio (2061-1785 a.e.c.): la práctica de la evisceración se vuelve popular y comienza a ser practicada sin distinción de la riqueza. Comienzo de los enterramientos privilegiados junto al faraón y su familia por parte de magistrados, amigos o allegados al mismo, en las necrópolis reales.
  • Período nuevo (1551-1080 a.e.c.): la momificación alcanza su precisión técnica final, que reduce a 60 días el proceso, y conlleva una conservación del difunto casi perfecta.


(Momia egipcia con su ajuar mortuorio, con los brazos cruzados como marca la tradición funeraria en honor al dios Osiris, primera momia egipcia)

Inmortalidad y memoria

Hasta aquí hemos comprendido cómo es entendido el ser humano por los antiguos egipcios, cómo concebían tanto la vida como la muerte, y cómo se preparaban para enfrentar esta última faceta de la vida humana.

Mencionamos anteriormente un concepto clave en la cosmovisión egipcia: el de “eternidad”, que va de la mano de otros dos conceptos claves como lo son “inmortalidad” y “memoria”.

Se entiende por “eternidad” aquello que en base a su duración “no tiene ni principio ni fin”, aquel “espacio de tiempo excesivamente prolongado”, pero también entendemos que es “la vida del alma después de la muerte”. Naturalmente, esto da vida a un segundo concepto en la cosmovisión egipcia: el de “inmortalidad”, es decir, aquel “que no puede morir”, o aquel “que perdura indefinidamente en la memoria de los hombres”.

A su vez, esto da vida a un tercer concepto: “memoria”, es decir, tanto la “capacidad de recordar” como la “imagen o conjunto de imágenes de hechos o situaciones pasadas que quedan en la mente”. Estos tres conceptos son fundamentales para entender la vida y la muerte en el mundo egipcio. ¿Existe verdaderamente la inmortalidad? ¿Puede el ser humano evitar la muerte y vivir eternamente? Los egipcios creían que si, y han hecho esfuerzos enormes por ello, veamos por qué y cómo.

Cuando un egipcio o egipcia moría, sólo lo hacía su cuerpo más quizás no su persona. Dicho cuerpo es enterrado, sepultado o momificado, pero su persona vive en cuanto y tanto su memoria sea recordada por hombres y mujeres. Es por ello que los faraones han realizado innumerables murales artísticos en sus tumbas, templos y palacios o erigido monumentos sobre su persona y sobre sus hazañas, para que, a la muerte del cuerpo, dicha imagen produzca en los vivos el recuerdo de quién fue aquella persona que aparece en las imágenes murales.

Con esto se obtenía la eternidad, ya que, si el faraón era recordado, entonces el faraón no habrá fallecido, porque “vive indefinidamente en la memoria de los hombres”. ¿Conoce usted a Ramsés II o a Tutankamón? Claro que si, porque ha oído sus nombres o sus hazañas en vida.

Por ello el ren (nombre) es tan importante, porque al nombrar a Juan Manuel Fangio, usted lector habrá recordado inmediatamente al piloto automovilista balcarceño y no a cualquier otro particular con el mismo nombre; porque dicho ren posee una carga mágica que permite, con el sólo pronunciamiento de las palabras, mantener la memoria del automovilista viva, y con las imágenes de los libros, revistas, etc.

Sucede exactamente lo mismo con el Gral. San Martín o Domingo F. Sarmiento, por sus acciones en vida y por las imágenes que los hombres guardan de ellos, ya no pueden morir y son entendidos como “inmortales”. Es una empresa imposible olvidar a estos hombres, imposible que mueran, son históricos porque sus imágenes y sus nombres les mantienen con vida en nuestra memoria. Empresa que no pudo concretar Tutmosis III (dinastía XVIII), quien tras alcanzar la edad adulta y acceder al trono real (en solitario), en vano intentó eliminar a su tía, madrastra y predecesora Hatshepsut (dinastía XVIII) de toda imagen en mural alguno, de todo ren (nombre) inscrito en monumento, templo, y de la historia misma.

¿Sabe por qué fracasó? Porque quien escribe menciona su nombre una vez más, y mediante la memoria, la reina vence a la muerte indefinidamente.

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Notas:

  • “a.e.c.” significa “antes de la era común”, alternativa y equivalente de la datación numérica “a.C. – antes de Cristo” del calendario cristiano (pero sin su distinción religiosa occidental), ejemplo: año 1 a.e.c.. equivale a año 1 a.C.; para los siglos es igual.

Bibliografía:

  • “Le livre des morts” de Albert Champdor, 1963. Editorial EDAF S.A., Madrid, España, ed. 2006.
  • “Historia de Egipto” de Miguel Martín-Albo, 2013. El Ateneo, Buenos Aires, Argentina, ed. 2013.
  • “La vida cotidiana en el Antiguo Egipto” de José Miguel Parra, 2015. El Ateneo, Buenos Aires, Argentina, ed. 2016.
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3 Comments on “La vida y la muerte en el antiguo Egipto”

  1. Ivan esta muy bueno e interesante lo que escribiste. Es indudable qur el tema te tiene atrapado..sigue con el no lo abandones y felicitacioned por tu escrito.

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