Eso que llamamos fascismo

Breve ensayo sobre los (mal) usos del término fascismo.

Por Gastón Mazzaferro

Nadie escapa a la acusación de fascismo. Sumergirse en las profundidades de Twitter es, en algún sentido, ahogarse en un mar confusiones. Si buscamos “fascista” en su buscador tendremos que asumir que, en efecto, todos lo son: en Twitter, fascista es Alberto Fernández porque cree en un Estado presente, pero fascista es también Patricia Bullrich por las diversas políticas de mano dura que llevó a cabo como ministra de seguridad.

Al mismo tiempo, parecerían ser para los libertarios, fascistas los trotskistas (por algún motivo que se me escapa) y según los trotskistas serían fascistas también los libertarios, por el mero hecho de ser de derecha.

A priori, todo parecería ser fascismo.

Entiendo, más allá de esto, que no podemos reducir la opinión pública de la sociedad argentina solo a las redes sociales. Pero a pesar de esto, creo que hay ciertos episodios recientes (y no tanto) que parecerían confirmar esta confusión. Basta con ver imágenes y videos de las recientes manifestaciones contra la cuarentena y el gobierno actual para observar cómo desde cierto sector de la sociedad, asociado a la derecha, se tilda de “fascista” al oficialismo. Pero la confusión en este caso se acrecienta y contradice, puesto que no solo pesa esta acusación sobre el gobierno: también es acusado indiscriminadamente de comunista, stalinista e, incluso, de maoísta.

Por otro lado, desde el sector de la sociedad más cercano a la izquierda las acusaciones de fascismo a cualquier expresión de autoritarismo o conservadurismo han sido una constante. El caso más significativo de los últimos años quizás haya sucedido tras la victoria de Jair Bolsonaro en las elecciones brasileñas del 2018.

Es probable que las acusaciones aquí sean más razonables, puesto que se trata de un ex militar que llegó a la presidencia con un discurso machista, homofóbico, profundamente religioso, anticomunista y reivindicativo de la última dictadura brasileña. Pero Bolsonaro enarbola un discurso fundamentalmente individualista, pro-mercado y antiestatista que difícil hace que se pueda catalogar de fascista.

El término “fascista” es de esta forma y desde, me animaría a decir, todos los sectores políticos, tanto a nivel nacional como internacional, profundamente banalizado. Hablar de fascismo nos remite a una experiencia histórica concreta en un contexto particular que difícil es que encuentre similitudes en la política contemporánea. Denominar “fascista” a cualquier sector político actual implica vaciar de contenido a un término que se refiere a una experiencia específica y evita que entendamos la complejidad de los movimientos políticos a los cuales nos oponemos o que nos disgustan.

(Ex diputada nacional se opone a la aprobación de un nuevo protocolo)


Pero, ¿Por qué es incorrecto definir como fascista a las nuevas derechas o los sectores políticos de izquierda? ¿Qué fue el fascismo? ¿Cuáles fueron sus características específicas que lo hicieron tan particular?

Los fachos: una pequeña salvedad

Quiero hacer una salvedad y distinguir entre “fascistas” y “fachos”. Hablar de “fascistas” nos remite necesariamente y casi de manera inmediata a las experiencias alemanas e italianas de entreguerras. Esto no sucede cuando hablamos de un “facho”. Aunque los orígenes del término estén en el fascismo —la palabra proviene del italiano Fascio cuya pronunciación suena efectivamente como “facho”—, considero que hoy el término se independizó de este origen pasando a designar otra cosa. Así como la palabra “lacónico” dejó de referir a una persona proveniente de la región griega de Laconia para referir a alguien que se expresa de forma concisa, hoy “facho”, en el vocabulario popular, tiene un significado distinto.

Entonces, ¿Qué es un facho? Sepan disculparme, pero no voy a ser yo quien responda esta pregunta. Les voy a dejar ese trabajo a Eduardo Feinmann y Malena Pichot, quienes involuntariamente lo lograron resumir de una manera hermosa.

Corría el año 2013 y, desde su programa en C5N, Feinmann decidió entrevistar a Pichot para hablar, fundamentalmente, del consumo de droga y la despenalización de la marihuana. Pero al inicio de la nota hablaron de otra cosa.

Aparentemente, Pichot había acusado a Feinmann de ser un facho o, más específicamente, de ser un “facho inofensivo”. Frente a esta acusación, el periodista le pidió si podía definir que es “ser facho”. Su respuesta fue la siguiente: “Creo que ‘facho’ se ha transformado en un neologismo y ‘facho’ significa, básicamente, ser de derecha para mi. Que es: no respetar a las minorías, no estar de acuerdo mucho con ciertas medidas sociales o que no te guste mucho la educación pública y preferir la privatización de todos esos temas” (C5N, 2013).

A esta definición que dió Pichot le podríamos sumar algunas características: un facho es también, en el imaginario colectivo, aquella persona que aprueba el uso de políticas de mano dura, que es conservadora, xenófoba, homofóbica y machista, entre otras cosas.

Sin embargo, Feinmann da otra definición del término que expresa lo que el sector más conservador de la sociedad siente al recibir esta acusación: “En este país ser facho es no estar del lado de los delincuentes, no estar del lado de los ‘drogones’, estar del lado de la familia, los valores, ¿te das cuenta?” (C5N, 2013).

Al igual que tu tío después de una discusión política en un asado cuando te expresa casi indignado que “en este país son fachos los que laburan”, Feinmann resignifica un término necesariamente negativo y lo convierte en una reivindicación. En defensa de Edu, creo que si hiciéramos un top 3 de las personas que más veces han sido llamadas “facho/a” en la Argentina, él estaría en el primer puesto, ocupando Baby Etchecopar y Amalia Granata el segundo y tercer puesto respectivamente.

(Tapa de la Revista Noticias [2010] comparando al presidente electo Néstor Kirchner con Hitler. Nótese como en vez “presidente” se usa “líder”, y se mencionan “juicios públicos en la plaza”, que obviamente nunca ocurrieron)

Una definición compleja

Habiendo hecho esta distinción, cabe preguntarse entonces: ¿Qué es el fascismo? Bueno, esta es una respuesta sumamente compleja. Las definiciones sobre este fenómeno histórico son múltiples y, al menos aquí, analizaremos las más importantes. Pero antes de adentrarnos en las definiciones específicas, podemos mencionar algunos puntos en común que existen en cuanto a lo que fue el fascismo: un movimiento político específicamente de entreguerras, originado en Italia y que tuvo lugar en Alemania bajo el nazismo. No hay fascismo antes de la Primera Guerra Mundial y no hay fascismo tampoco después de la segunda.

Un movimiento carente de ideología

A partir de aquí, las definiciones de este fenómeno son diversas. En primer lugar, me gustaría destacar la definición de Eric Hobsbawm (1994). Según él, el fascismo es esencialmente un movimiento de derecha, desprovisto de una teoría sólida, que se postula en contra de la razón, a favor de la superioridad del instinto y que carece de un modelo de Estado particular.

Los fascismos compartían una serie de características específicas con las derechas del siglo XX. A saber: eran nacionalistas, profundamente anticomunistas y se presentaban a favor de la religión. Sin embargo, había una característica que los distinguía de las derechas conservadoras tradicionales y los convertían en movimientos muy particulares: buscaban movilizar a las masas desde abajo. Esto, sumado a su ferviente anticomunismo, haría que Hobsbawm se refiera a ellos como “los revolucionarios de la contrarrevolución” (1994: 124).

Coincide con él, en algún sentido, Robert Paxton (2005) quien afirma que no existía una ideología clara detrás de los fascismos. Para él, estos movimientos no se apoyarían en una doctrina filosófica particular, sino, por el contrario, en ciertos sentimientos populares respecto a la existencia de razas superiores que debían imponerse sobre otros pueblos inferiores. En este sentido, los fascistas carecerían de un programa claro, lo que era abiertamente admitido por sus dirigentes.

Para entender lo que fue el fascismo, habría que analizar lo que hicieron los fascistas concretamente cuando se hicieron del poder y no solo la manera en la cual se presentaban. Siguiendo esta lógica, encontraríamos que el fascismo no es otra cosa que “una amalgama de ingredientes conservadores, nacionalsocialistas y de la derecha radical diferentes pero casables, unidos por enemigos comunes y por la pasión común por una nación regenerada, dinamizada y purificada” (Paxton, 2005: 242). En este sentido, poco importaría los discursos anti-burgueses y anti-capitalistas de los fascistas, si cuando llegaron al poder no hicieron nada al respecto y, por el contrario, se aliaron con los sectores conservadores y dominantes de la sociedad.

(En Argentina, cualquier gesto es comparado con “Nazismo” y “Fascismo” sin demasiado sustento histórico)

Un movimiento revolucionario

A estas lecturas debemos sumarles las de George Mosse y Emilio Gentile, posiblemente, dos de los más grandes especialistas del tema. Ambos coinciden en varios aspectos contrarios a las interpretaciones de Hobsbawm y Paxton: para ellos, el fascismo constituyó una revolución, al querer construir una nueva sociedad; una ideología, dado que buscó reformular el nacionalismo desde una nueva perspectiva que rechazaba tanto el conservadurismo como el liberalismo; una visión del mundo, ya que su proyecto se inscribía dentro de una mirada específica de la historia y se presentaba como el destino de la nación; y una cultura, puesto que buscaba transformar el imaginario colectivo y suprimir cualquier división entre vida privada y pública.

Ambos coinciden también en un aspecto clave, el Fascismo habría sido una “revolución de derecha”, cuya fuerza residía en las clases medias de la sociedad y que tenía como fin construir una sociedad nueva. Esta revolución era ante todo antiliberal, antimarxista, espiritual y comunitaria (Traverso, 2012:110). A su vez se sustentaba en un proyecto coherente que retomaba ideas pasadas y las transformaba mediante ideas modernas. Por ejemplo, la vieja idea de comunidad se trasformaba gracias al darwinismo social —la idea de que la teoría de la selección natural de Darwin tiene aplicación en las comunidades humanas— en una visión de la nación convertida en una raza inmersa en el proceso de selección natural.

El fascismo, según estos autores, implicaba también una cultura que exaltaba la virilidad y la juventud, al mismo tiempo que rechazaba la homosexualidad y a las mujeres que no aceptaban su rol por debajo de los hombres. Aquí el judío era en algún sentido la personificación de todo lo negativo: sintetizaba a los ojos del fascista la homosexualidad, la feminidad y el comunismo en una sola figura.

En síntesis, podríamos decir que el fascismo fue un movimiento surgido en Italia tras la Primera Guerra Mundial y que encontró su mayor expresión en Alemania bajó el nazismo. Entre las características que más destacan y en la cual coinciden todos los autores que mencionamos nos encontramos con su ferviente anticomunismo, su antiliberalismo, su al menos retórico anticonservadurismo y la idea de que existen naciones o razas superiores y pueblos elegidos.

“¡Este gobierno fascista y comunista!”: las contradictorias acusaciones desde la derecha

En los últimos años se comenzó, curiosamente, a relacionar al fascismo con la izquierda. Desde distintos sectores se empezó a considerar que las diferencias entre el comunismo, el socialismo y el fascismo eran, en efecto, inexistentes.

(Referente libertario caracteriza a las paritarias como un mecanismo fascista. 2015)

Los argumentos son varios: el carácter totalitario que tuvieron fenómenos como el stalinismo o el maoísmo, el hecho de que el origen político de Mussolini se encuentre en el Partido Socialista Italiano — de donde fue expulsado, vale aclarar, en el año 1914 — o en cuestiones meramente nominales como en el nombre del Partido Obrero Nacionalsocialista, mejor conocido como Nazi.

Entre estos últimos podemos destacar las declaraciones de Bolsonaro en el año 2019, quien tras una visita al Museo del Holocausto, en Jerusalén, afirmó que no hay ninguna duda de que los nazis eran de izquierda, pues tienen la palabra socialista en su nombre (Página 12, 2019). Este es probablemente el argumento más curioso. Siguiendo esta lógica, la República Popular Democrática de Corea —Corea del Norte— sería democrática, ya que su nombre lo afirma, pero sabemos que la realidad es un tanto más compleja.

Más allá de las chicanas que puedan hacerse al respecto, estas consideraciones no son en sí mismas novedosas. Hay diversas interpretaciones que consideran que existe entre el fascismo y el comunismo la misma raíz totalitaria (Ver Furet, 1995), pero esto no solo está lejos de tener consenso dentro de los estudios del fascismo, sino que no implicaría necesariamente que este sea un movimiento de izquierda. Más allá de eso, por las notables diferencias existentes entre ambos movimientos, difícil es poder ubicarlos dentro de una misma categoría.

Podemos afirmar que entre ambos movimientos existe un solo gran rasgo en común: su antiliberalismo. Pero esto no transforma al fascismo en un movimiento de izquierda. Por el contrario, como ya vimos, a pesar de su retórica anti-capitalista, lejos estuvieron tanto el fascismo italiano como el nazismo de hacer algún cambio al respecto y, por el contrario, respetaron la propiedad de los productores nacionales.

La crítica que desde el fascismo se le hacía a la burguesía no tenía que ver con una explotación a los trabajadores, sino con su debilidad e individualismo que evitaba el fortalecimiento de la nación. Aquí quizás sea necesario realizar una pequeña aclaración: el liberalismo es solo una de las formas de derecha política, no la única. Que el fascismo sea de derecha, no implica que el liberalismo también lo sea, ni viceversa. Pero esto lo profundizaremos después.

Ahora bien, si había algo en lo que se destacaban los fascistas era en su anticomunismo. Aquí fueron implacables: prohibieron las huelgas, disolvieron los sindicatos independientes y redujeron el poder de compra de los asalariados (Paxton, 2005: 19). Este anticomunismo es una de sus características principales y, como afirma Traverso (2011) es lo que “modela al fascismo desde el comienzo hasta el final de su trayectoria. Se trata de un anticomunismo militante, agresivo, radical, que confiere un carácter nuevo al nacionalismo y transforma su ‘religión civil’ en guerra de cruzada contra el enemigo” (p. 129).

(Tras un escrache en la casa del juez de la Corte Suprema, el presidente Alberto Fernandez acusa de fascistas a los participantes)

En los últimos meses, sobre todo desde el establecimiento de la cuarentena, se ha caracterizado al gobierno de Alberto Fernández como fascista y comunista. Pero difícil es que cualquiera de los dos motes que se le asigna tengan una lógica coherente: un país en el que existe la propiedad privada no puede ser comunista y complicado también es caracterizar a este sector politico como fascista, teniendo en cuenta que se presenta a favor de las minorías y abiertamente feminista, lo cual contradice la experiencia del fascismo que fue ante todo machista y fuertemente represivo hacia cualquier disidencia.

Sumado a esto, denominarlo tanto fascista como comunista es, como pudimos describir, sumamente contradictorio ya que las características de ambos lejos están de ser similares. Entiendo que la acusación que se le hace reside en un supuesto autoritarismo que, en mi opinión, no es tal. Pero amparándose en un carácter supuestamente autoritario, también podríamos considerar que el gobierno de Alberto Fernández es pinochetista o franquista, lo cual lejos estaría de la realidad.

Más allá de eso, es cierto que las acusaciones sobre fascismo son menores a las que se le hacen sobre un supuesto comunismo. Esto es llamativo en otro aspecto, ¿Como en un país cuyas experiencias autoritarias y más traumáticas han sido abiertamente de derecha, el autoritarismo ha comenzado a ser tan frecuentemente asociado a la izquierda? Esta pregunta quizás deba ser contestada en otro artículo.

Rasgos similares, fenómenos distintos: la nueva derecha no es fascista

La relación entablada entre las derechas y el fascismo ha sido una constante. La asociación no es tan ilógica: en los últimos años las nuevas derechas se nos han presentado con un discurso radical muchas veces xenofóbico, homofóbico, machista y autoritario. Por esa razón, cuando vemos a personajes como Jair Bolsonaro o Donald Trump tendemos automáticamente a acusarlos de fascistas. Sin embargo, ¿Qué tan acertada es esta relación? ¿Son realmente fascistas las nuevas derechas que se nos han presentado en el último tiempo? A priori, la respuesta a esta última pregunta es no.

Veamos las razones.

Empecemos por destacar sus características. En los últimos años, los diversos movimientos de derecha alrededor del mundo han presentado un discurso relativamente similar: se asumen como defensores del sentido común y de la democracia, su agenda está marcada por propuestas de mano dura y se nos presentan como “post-ideológicas”, representando al “ciudadano de a pie”. A esto debemos sumar las características ya mencionadas: su marcada xenofobia (quizás aquí Trump sea el representante más claro), su homofobia, antifeminismo y fuerte conservadurismo.

Ahora bien, hay otras características que claramente los separa de los fascismos históricos: estos últimos eran profundamente estatistas, mientras que las nuevas derechas son abiertamente liberales e individualistas. En este sentido, se diferencian de una manera tajante. Autores como Enzo Traverso (2019) prefieren referirse a las nuevas derechas como “posfascistas” y no como fascistas. ¿Cuales son las características del posfascismo?

En primer lugar, se distingue de los neofascismos al no reivindicar a los fascismos históricos. A su vez, se caracteriza por su “contenido ideológico fluctuante, inestable, a menudo contradictorio, en el cual se mezclan filosofías políticas antinómicas” (Traverso, 2019: 19). A diferencia del fascismo, el posfascismo no se presenta como una fuerza subversiva y su intención es reformar al sistema desde adentro y no transformarlo todo de una forma cuasi revolucionaria. Sumado a esto, aparece también un curioso fenómeno: los posfascismos no buscan movilizar a las masas, sino a “un público de individuos atomizados, consumidores empobrecidos y aislados” (Traverso, 2019: 36).

De esta forma, el sujeto fundamental de las nuevas derechas no es la nación o la comunidad como lo era con los fascismos, sino el individuo. En este sentido, Ezequiel Adamovsky (2019) prefiere hablar de un “individualismo autoritario”. Las ideas de las actuales derechas son sin dudas reaccionarias, pero esa no es su característica fundamental. Los partidarios de ellas destacan por ser “fervorosos antiestatistas, partidarios del libre mercado y del individualismo. (…) se trata de bajar impuestos a los ricos, liberar al mercado de cualquier regulación estatal y acabar con la ‘molestia’ de los derechos laborales” (Adamovsky, 2019: s/n).

Cuando realizamos un análisis comparativo de ambos fenómenos, las diferencias parecen claras. El problema está cuando realizamos analogías tan automáticas entre las derechas actuales y los fascismos del pasado. Al partir de ellas perdemos la oportunidad de alcanzar un conocimiento realista de los nuevos fenómenos que atraviesan nuestra actualidad.

(En algún lugar de la Ciudad de Buenos Aires, un hombre camina frente a un cartel que relaciona a Macri con Hitler)


La intención de este artículo no es prohibir el uso de un término, ni marcar que está mal su utilización por un mero capricho historiográfico. Pero sí reconocer que se trata de una categoría problemática y que hoy, como explica el ya mencionado Gentile, el problema está en el propio término “fascismo”. La palabra se ha utilizado tantas veces para denominar cosas tan diversas que nos imposibilita de conocer la realidad que nos atraviesa. Si vemos fascismo en todas partes nos distraemos de la amenaza que realmente acecha a nuestras democracias, e incluso quizás seamos incapaces de reconocer el verdadero fascismo histórico.

No es en los supuestos fascistas donde debemos centrar hoy nuestra preocupación. Quizás no sean ellos en la actualidad quienes representan una real amenaza. Es probable que, como afirma Gentile (2019), el peligro real no esté en “los fascistas, reales o presuntos, sino [en] los demócratas sin ideal democrático” (s/n)…

Bibliografía

● Adamovsky, E. (2019). Cada cual en su círculo sin molestar – Revista Anfibia. Recuperado agosto de 2020, de http://revistaanfibia.com/ensayo/circulo-sin-molestar/
● C5N. (2013, 5 septiembre). C5N – MARIHUANA, EL DEBATE: MALENA PICHOT [Archivo de vídeo]. Recuperado de https://www.youtube.com/watch?v=pCDHwlT7mPU&t=296s
● Furet, F. (1995). El pasado de una ilusión. Ciudad de México, México: Fondo de Cultura Económica.
● Gentile, E. (2019). Quién es fascista. Madrid, España: Alianza Editorial.
● Giordano, V. (2014). ¿Qué hay de nuevo en las «nuevas derechas»? Nueva Sociedad, 254, 46-56.
● Hobsbawm, E. (1994). Historia del siglo XX (1.a ed.). CABA, Argentina: Crítica.
● Página 12. (2019, 3 abril). Bolsonaro y el nazismo | Dijo que Hitler era de izquierda. Recuperado agosto de 2020, de https://www.pagina12.com.ar/184844-bolsonaro-y-el-nazismo
● Paxton, R. (2005). Anatomía del fascismo. Barcelona, España: Ediciones península.
● Traverso, E. (2012). La historia como campo de batalla. Ciudad de México, México: Fondo de Cultura Económica.
● Traverso, E., & Pons, H. (2019). Las nuevas caras de la derecha. CABA, Argentina: Siglo XXI Editores.

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2 Comments on “Eso que llamamos fascismo”

  1. Me parece que hay una confusion en las ideas de este articulo, la gente que surje hoy en dia hablando de defensa de la nacion y las personas que hablan de libre mercado son dos grupos distintos, claro que si uno se adjunta a esta idea que el pensamiento politico de los seres humanos se pueden representar con un grado de una sola dimension que solamente describe dos grupos enfrentados entonces hay que meter al liberalismo en algun lado, y como este siempre se opuso a el comunismo entonces lo mas natural es ponerlo en la derecha. Pero este asbstracto de derecha izquierda nada describe del pesnamiento del ser humano, las ideas politicas no son nada mas que eso, ideas, y pueden mezclarse en infinidad de combinaciones. Si pone a los liberales como derecha hace falta explicar como es que estos mismos se llevaron por delante a la iglesia catolica en francia, a la reina en las colonias del norte de America y al imperio español con San Martin y Bolivar. Todos estos conflictos fueron impulsados por ideas liberales de autodeterminacion y libertad, basada en los derechos universales, aunque no tanto para el caso frances y latinoAmericano, no sabria decir si los liberales ingleses son lo mismo que los progresistas franceses, algo de este tema opino Alberdi. ¿como es eso que los facistas no se metieron con la propiedad privada? si se puede quitar la propiedad a alguien entonces en verdad no es suya, ¿o acaso alguien pondria su esfuerzo en construir un negocio que se le puede quitar sin juicio alguno? Alemania vivio al borde del colapso economico por sus constantes intervenciones en el mercado y la vida privada de la gente, arruinando por completo el libre mercado, sin contar con la obsesion facista de “vivir con lo nuestro”. A fin de cuentas los sistemas facistas recortaron las libertades con la misma dureza, tomaron al ciudadano como un soldado y a su mente como propiedad del estado ¿que tan distante es eso en ser esclavo? y si tanto como si el poder fuera a ser tomado por facistas como comunistas fueran todas las personas a volverse esclavos del estado, realmente ¿que importa la diferencia? en donde mas asustan ambos coinciden.
    No solo el facismo es un termino arruinado por el mal uso, izquierda y derecha tambien, hoy en día la izquierda y derecha moderada pretende hacer del estado un agente activo de la sociedad que le quita mucho dinero en impuestos, interviene con controles activamente y tiene altos gastos en el sector publico, la izquierda gasta mucho dinero en asistencialismo y la derecha gasta mucho dinero en el ejercito, ambos ademas usan a la escuela para adoctrinar. Todo lo anterior es de sumo disgusto para los liberales, que pretenden que el estado sea debil y solo se encarge de seguridad y justicia, tal vez un poco mas. Sin embargo quisiera proponer una nueva definicion para entender mejor a la izquierda y derecha, la idea de la derecha es una extension de la familia, de la misma forma que la familia se agrupa y proteje lo mismo pretende la derecha, formar un grupo politico segun las relaciones familiares. En ese sentido lo que es bueno para la nacion, que entienden como la extension de la familia, es bueno de por si, bajo esa logica ven con buenos ojos algo como el imperio o la colonia.
    La izquierda en cambio tiene nombre propio y se llama progresismo, lo cual quiere decir que anterior a la revolucion francesa no existia en si, por lo menos no como ahora, es una religion, una heregia cristiana. Al igual que la iglesia catolica se agrupa por su adhesion al grupo, a la iglesia progresista. De la misma forma que la Iglesia catolica contaba con sus representantes contaban con distintos agentes en las cortes de europa la izquierda se relaciona entre si internacionalmente e influencia la politica de distintos paises. Quizas la Union Europe pudiera ser la Institucion que convierta a la religion progresista a una organización centralizada.

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