Descubriendo la cultura ibérica.

por Dario Pérez Vidal

Los iberos y su definición

Se conoce como íberos al conjunto de pueblos (1) de organización y características heterogéneas que habitaron la Península Ibérica durante la conocida como Edad del Hierro. Dicho rasgo territorial produjo que los autores clásicos (2) trataran a todos estos pueblos bajo la denominación homónima de la geografía en la que éstos se encontraban. Estas sociedades, que florecieron desde el siglo VI hasta el II-I a.C., tuvieron su máxima expansión territorial entre la desembocadura del río Ródano y Cádiz (aproximadamente), abrazando así gran parte de la península y de la costa mediterránea occidental.

El concepto de Cultura Ibérica no es pues un patrón que se repite de manera uniforme en cada uno de los pueblos identificados como “íberos”, es más bien la suma de unas culturas individuales que a menudo presentaban rasgos similares, pero que se diferenciaban entre sí.

La Cultura Ibérica presenta como elementos distintivos (entre muchos otros) la cerámica a torno muchas veces decorada, un incipiente proceso de urbanización de sus asentamientos y el uso del mineral de hierro para la confección de herramientas y armamento. También añadimos la escritura, la gradual evolución hacia un modelo semiurbano de sociedad jerarquizada y también algunos rasgos idiosincráticos plenamente mediterráneos como el culto a la Diosa madre (3).


Un punto común en su denominación, según los autores latinos, fue la lengua ibérica, una lengua que, al parecer, aglutinaba todos estos pueblos (aunque nos resulta un tanto presuntuoso admitir esta afirmación). La lengua de los íberos está documentada fundamentalmente en escritura sobre láminas de plomo, supuestamente documentos de transacciones comerciales, y también en cerámicas (Ver Figura 1).

Los textos en lengua ibérica se pueden leer con ciertas restricciones, pero en su mayor parte son aún al día de hoy incomprensibles, dado que la lengua ibérica es una lengua sin parientes. Una de las escasas excepciones inteligibles son los textos cortos que contienen solamente nombres de personas, dado que la antroponímia (4) ibérica es uno de los aspectos mejor conocidos de la lengua ibérica, gracias a las inscripciones en los dorsos de las monedas bilingües (ibérico y latín). Vemos en todo ello que los autores romanos tomaron ciertas licencias en esta denominación, aunque fuera cierto que representaran pueblos que compartían una realidad cultural semejante.

Lámina de plomo escrita (Los Villares (Caudete de las Fuentes, Valencia), siglos III-II a.C.), créditos.
Fragmento de cerámica con inscripción ibérica (Tossal de Sant Miquel (Llíria, Valencia), siglos III-II a.C.), créditos.

Génesis de la Cultura Ibérica

La región ibérica presenta como hemos dicho varios sustratos culturales; el más ancestral apunta hacia la cultura cardial del primer Neolítico (entorno el 5.000 a.C.) de origen oriental; es durante la época calcolítica y el inicio de la Edad del Bronce (hacia el 2.000 a.C. aproximadamente), época marcada por la difusión de la cultura del vaso campaniforme, cuando encontraríamos el punto inicial desde donde se desarrollarán esta diversidad de grupos culturales regionales.

En cuanto al pueblo conocido por las fuentes como íbero, hay tres grandes corrientes teóricas que proponen su origen cultural: la que considera que es un producto de la influencia de los pueblos colonizadores sobre las poblaciones indígenas sin ningún episodio bélico o invasión; la que aparte de este impacto colonial, cree que este concepto es étnico y designa un determinado pueblo que nació en el sudeste de la península (la zona que coincidente en la actualidad con las provincias de Alicante y Murcia) que posteriormente expandió sus estímulos culturales y, probablemente, también parte de su población hacia el norte; y finalmente la que propone una expansión de norte a sur siguiendo la fase de expansión de la Cultura de los Campos de Urnas (5).

La Península Ibérica previa la llegada de los romanos, créditos.

Sabemos que el sudeste peninsular había estado en íntimo contacto en la Edad del Cobre (en torno al 3.000 a.C.) con la Cultura Almeriense que evolucionaría hacia los horizontes del Argar (6). También hasta esta zona (el área nuclear ibérica según muchos autores) se había extendido la Cultura Tartesia (7), originaria del sudoeste peninsular durante la primera mitad del primer milenio a.C.

El legado de aquella civilización se vio enriquecido con el contacto de los pueblos colonizadores y en esta zona del sudeste, así como a la zona de Jaén (donde la Cultura Ibérica, en el siglo VI y V a.C., lograría su máximo esplendor), surgiría la semilla que daría lugar a la civilización ibérica. Además, la espada típicamente ibérica, la falcata (Ver Figura 3), se encuentra básicamente en el sudeste hispánico y en las tumbas más ricas, denotando una ideología aristocrática y guerrera propicia al expansionismo territorial.

En etapas posteriores, supuestamente los jefes ibéricos se expandieron por la fachada mediterránea hasta llegar al sudeste de Francia, donde sometieron a los ligures hasta el río Hérault (Francia) y, más tarde, del Ródano. Es en el siglo II a.C. cuando se considera el establecimiento de los Pirineos como la frontera entre el mundo ibérico y el celta/gálico.

La influencia de los pueblos colonizadores: griegos, fenicios y cartagineses
Ya desde el 800 a.C. los fenicios (con la fundación de Gadir) (8), y en una época posterior (siglo VI a. C.) los griegos, viajaban hacia el Occidente mediterráneo a fin de buscar metales y tierras para cultivar. Producto de los intercambios comerciales y culturales de los indígenas del sudoeste peninsular con los recién llegados, en esta zona floreció la civilización de Tartessos, rica en los recursos mineros (sobre todo estanníferos y argentíferos) que tanto interesaban a fenicios y griegos. Esta cultura estaba muy influenciada por las factorías fenicias de la costa andaluza, y es que en realidad esta cultura cananea durante el siglo VII a.C. tuvo una gran importancia en la conformación del sustrato sobre el cual actuaría posteriormente la Cultura Ibérica.

La expansión de los comerciantes fenicios se extendió también hacia el noroeste peninsular en esta época, concretamente a partir de la segunda mitad del siglo VII hasta el 570 a. C., en que su hegemonía sería sustituida por la de los griegos. Es también en el siglo VII a.C. cuando se fundó la colonia fenicia de Ebusus en la actual isla de Ibiza. Y ya antes de que se fundara la ciudad de Massalia (actual Marsella) en el sur de Francia, a principios del siglo VI a.C., los etruscos, un pueblo procedente de la Italia central, exportaron sus productos a las costas del Golfo del León.

Por otro lado, hacia el 600 a.C., aparecieron en el Golfo de Roses las ciudades griegas de Rhode (actual Roses) y, algo más tarde (hacia el 575 a.C. aproximadamente) Emporion (actual Ampurias), fundada por los massaliotas. Esta pequeña ciudad actuó como un puerto redistribuidor de productos manufacturados entre indígenas y comerciantes. Resumimos que, etruscos (en menor grado), fenicios, griegos, y posteriormente los cartagineses a partir del siglo IV a.C., contribuyeron con sus interacciones comerciales y culturales a la formación de aquello a lo que denominamos Cultura Ibérica.

Estructura y jerarquía social

En este panorama, potenciado por las influencias coloniales que actuaron desde la costa, las primitivas formaciones tribales heredadas de la Edad del Bronce empezaron a entrar en crisis a partir del momento en que la demanda exterior exigió la constitución de unas comunidades estructuradas, de forma que la producción y las redes de distribución estuvieran garantizadas por una autoridad central. Este hecho promovió consecuentemente la aparición de aristocracias y de una división del trabajo cada vez más acusada.

Figura 3.- Falcata ibèrica (La Bastida de les Alcusses (Moixent, Valencia), siglo IV a.C.), créditos

Ciertos indicios abastecidos por las fuentes escritas relativos a las acciones dirigidas por los bárcidas (9) durante la segunda mitad del siglo III en la Península Ibérica, señalan que después de la derrota sufrida en la primera contienda de Cartago contra Roma (Primera Guerra Púnica) como mínimo en los territorios meridionales ibéricos, se había desarrollado una transformación en la estructura del poder tendente a la aparición de monarquías a menudo hereditarias, fenómeno que al parecer también se dio entre los ilergetes de la Cataluña de Poniente.

Desde el punto de vista de la estratificación social, el estudio arqueológico de los hábitats ibéricos no muestra una diferenciación social demasiado acusada. Haciendo un ejercicio de juicio a partir de la amplitud y el confort de las viviendas, tampoco detectamos claramente unas áreas que privilegien las prácticas de unas actividades económicas o laborales concretas. A la hora de establecer diferencias sociales entre los miembros de una comunidad ibérica, quizás las necrópolis son los lugares donde éstas se pueden manifestar con más contundencia, pero esto, que por ejemplo en Andalucía o en el País Valenciano (caso de la capital Edeta) es factible, en el caso catalán no lo es tanto, debido a que el número de necrópolis descubiertas en su ámbito territorial hasta ahora es muy migrado.

Economía ibérica

Hablando ahora de la agricultura, los cereales constituyeron la base de la producción y la alimentación de estas sociedades: cebada, trigo, mijo, espelta, avena y un largo etcétera. Una parte de la producción se debía panificar, mientras que la otra se dedicaba a la producción de cervezas. Las legumbres son el segundo grupo en importancia: la lenteja, el guisante, el haba, etc. El lino era también importante, tanto por la obtención de óleo como de fibras para hacer tejidos. También la viña era un cultivo frecuente tanto por su consumo directo como para su transformación en vino.

En cuanto a la ganadería, los bóvidos machos eran explotados fundamentalmente como fuerza de trabajo en la actividad agrícola y las hembras se guardaban para la obtención de leche. Los cerdos y los conejos eran usados por su aportación alimentaria, mientras que cabras y ovejas serían usados para obtener, de manera complementaria, carne, leche y lana. Los caballos debieron ser animales de prestigio además se atestigua su uso para la guerra. Por los poblados costeros, la pesca también debía de ser una actividad importante, dado que se han encontrado anzuelos y plomos de red, pero no se conocen los tipos de barcas que empleaban. Finalmente, realizaban grandes labores industriales en otros procesos asociados como la obtención de miel y de sal natural.

La metalurgia del hierro se hacía servir tanto para la producción de armas como de una gran diversidad de instrumentos de trabajo: rejas de arado, picos, hachas, azadas, hoces, tijeras, etc. Por su parte, la metalurgia del bronce se aplicaba más en la producción de objetos personales: hebillas de cinturón, fíbulas, agujas, anillos, pendientes, etc.

La actividad textil es quizás una de las más documentadas, tanto por algunas representaciones iconográficas de mujeres hilando, como por la presencia abundante de pesos de telar (llamados pondera) y fusayolas. Los íberos vestían ropa de lino y lana, el tejido se realizaba dentro de las casas o en el exterior, junto a la entrada. El proceso de elaboración de un tejido constaba de varias fases: cardado de la lana, hilatura y textura. La hilatura se hacía con un huso de madera en un extremo del cual se colocaba una fusayola de arcilla; la textura se realizaba en telares verticales formados por una estructura de madera cuadrangular donde se tensaban los hilos con ayuda de pesos de arcilla. Con la lanzadora de mano se hacía la trama pasando horizontalmente los hilos y alternando con hilos verticales.

Otras actividades artesanales que tenían lugar pero que son difíciles de documentar por su carácter perecedero son el curtido de pieles, el trabajo del esparto y el labrado de la madera.

Figura 4.- Plato con decoración geomètrica (Puntal dels Llops (Olocau, Valencia), siglos III-II a.C.), créditos.
Pendiente de oro (Los Villares (Caudete de las Fuentes, Valencia), Siglos III-II a.C.), créditos.

La producción cerámica es de lejos, la actividad artesanal más importante y utilizada dentro del mundo ibérico. Es muy variada y, generalmente, de muy buena calidad, con pastas trabajadas, depuradas y cocidas a alta temperatura: ánforas para el transporte, vajilla de mesa, vasos de almacenamiento, etc.

Las decoraciones acostumbran a ser pintadas en rojo terroso y realizaban tanto motivos decorativos geométricos como figurativos (bastante más escasos) (Ver Figura 4).


El comercio de importación se documenta fundamentalmente por el hallazgo de vajilla de mesa (de barniz negro) y grandes envases de transporte de productos alimentarios (vino, óleo y salones de pez) griegos, fenicio-púnicos, etruscos y romanos. Por su parte, el comercio de exportación se documenta mediante el hallazgo de ánforas ibéricas en el Languedoc (10), Cartago e Ibiza, muy probablemente contenedores de vino y cerveza. Se piensa que, junto con los metales, los cereales constituyeron una gran parte de las exportaciones ibéricas, teniendo en cuenta los grandes conjuntos de campos de silos que se documentan en el siglo VI a.C., hecho coincidente con la intensificación de las importaciones.
Religión y creencias.

Hablaba Estrabón (11) sobre la existencia de sacrificios de animales entre los íberos según el ritual de los griegos, donde recogían sangre en una pátera, entonaban cánticos y tocaban música de flautas. Este planteamiento cobra fuerza analizando los exvotos o pequeñas figuritas de bronce encontradas en los lugares de culto (Ver Figura 6) que aparecen con los brazos abiertos en actitud orante. Por su parte, las decoraciones pintadas de la cerámica del Tossal de San Miquel (Llíria, València) aparecen a menudo escenas de danza ritual.

Los cultos a los antepasados tenían lugar en las casas, mientras que los relacionados con las fuerzas de la naturaleza se desarrollaban en santuarios situados fuera de los asentamientos frecuentemente cuevas o abrigos rituales, a pesar de que, en los yacimientos más importantes, ya se detectaban edificios singulares que probablemente tenían una función religiosa (favissae).

Uno de los cultos más populares era el rendido a Deméter, una divinidad griega femenina relacionada con la agricultura y la muerte, coincidente en el mundo púnico con Tanit, y que en el mundo ibérico estaría asimilada probablemente a alguna divinidad local (Ver Figura 6). A día de hoy seguimos sin conocer los nombres de las divinidades ibéricas, a pesar de que en dos inscripciones latinas aparecen citadas dos deidades de nombre céltico: Herotoragus y el dios Seitundus.

Figura 5.- Figura de guerrero a caballo. (La Bastida de les Alcusses (Moixent, Valencia), siglo IV a.C.) créditos.
Quemaperfumes con representación Tanit-Deméter (Puntal dels Llops (Olocau, Valencia), siglos III-II a.C.) créditos.

En cuanto al ritual funerario, los cadáveres de los difuntos eran quemados, a menudo con sus armas y otros objetos personales. Los restos eran lavados antes de ser colocados en una urna que se enterraba en un hoyo acompañada de objetos personales y otras ofrendas, todo ello configuraba el ajuar mortuorio. En el sur son frecuentes las grandes tumbas y los monumentos funerarios, mientras que en el norte peninsular solo se documentan pequeños túmulos y estelas raramente inscritas. Encontramos también, a pesar de que la incineración es prácticamente universal entre los íberos, que era bastante frecuente la inhumación de neonatos dentro de las casas.

Conclusión

La Cultura Ibérica reúne muchos rasgos para considerarla como un personaje esencial en entender el devenir y la conformación de las grandes potencias del Mediterráneo Antiguo. El estudio de todos los pueblos que la conformaban nos permite acercarnos a una dimensión social y cultural poco conocida y cuya identidad ha de explicarse necesariamente gracias a las interacciones y procesos de aculturación, con las gentes fenicio-púnicas primero, y romanas después. Al fin, las sociedades ibéricas terminaron adoptando los modelos latinos pero sus rastros materiales y arqueológicos llegan aún hasta nuestros días para ilustrarnos sobre las características de esta cultura prerromana tan interesante que se dio hace más de 2.500 años en la Península Ibérica.

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Bibliografía

  • GARCÍA ALONSO, F. (2015). Roma, Cartago, íberos y celtíberos. Las grandes guerras de la península ibérica. Ed. Ariel, Barcelona.
  • RUÍZ, A. y MOLINOS, M. (1993). Los íberos. Análisis arqueológico de un proceso histórico. Ed. Crítica. Barcelona.
  • SALINAS, M. (2006). Los pueblos prerromanos de la península Ibérica. Ed. Akal. Madrid.

Referencias:

  • (1) Elisices, sordones, ceretanos, airenosinos, andosinos, bergistanos, ausetanos, indigetes, castelanos, lacetanos, layetanos, cossetanos, ilergetas, iacetanos, suessetanos, sedetanos, ilercavones, edetanos, contestanos, oretanos, bastetanos y turdetanos.
  • (2) Hecateo de Mileto, Avieno, Heródoto y Estrabón.
  • (3) Testimoniado por los abundantes hallazgos de terracotas que representan la diosa Tanit-Deméter.
  • (4) Estudio del origen y la significación de los nombres propios de persona.
  • (5) Extenso horizonte arqueológico que se difundió durante el final de la Edad del Bronce y el principio de la Edad del Hierro por buena parte de Europa, llegando en su momento de apogeo a abarcar desde el Danubio y el Báltico hasta el mar del Norte y el nordeste de la Península Ibérica.
  • (6) La Cultura Argárica es una manifestación y expresión de los poblados del sudeste de la Península Ibérica en la Edad del Bronce que formaron una de las sociedades de mayor relevancia en la Europa del III y II milenios a.C.
  • (7) Tartessos, nombre por el que los griegos conocían a la que creyeron primera civilización de Occidente. Posible heredera del Bronce final atlántico, se desarrolló en el triángulo formado por las actuales provincias de Huelva, Sevilla y Cádiz, en la costa suroeste de la península ibérica, así como en la de Badajoz durante el Bronce tardío y la primera Edad del Hierro.
  • (8) Actual ciudad de Cádiz (Andalucía).
  • (9) Familia aristocrática de la antigua Cartago. Muchos de sus miembros fueron feroces enemigos de la República Romana, como por ejemplo Amílcar y su hijo Aníbal.
  • (10) Denominación occitana antigua coincidente en la actual región sudoriental de Francia.
  • (11) Geógrafo e historiador griego (63/64 a.C.-19/24 d.C.).
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