Reseña: Morir en las grandes pestes

(Las epidemias de cólera y fiebre amarilla en la Buenos Aires del siglo XIX)

Por Francine Riera

La muerte es siempre ese tema que oscila entre lo cotidiano y lo inusual. Sorprende con lo inentendible del misterio de la posteridad, pero se asienta en lo mundano con su lógica de “a todes les toca y vos no sos la excepción”. Sabemos que está ahí su eventual desenlace, pero el hecho de nombrarla o de presenciarla a corta distancia está marcado por un fulgor de tabú y miedo. Comprendemos que existe pero nombrarla es como descubrirla de nuevo, y así una y otra vez.

Por eso elijo hablar de este libro, en un contexto atravesado por el desconcierto y la duda. Pero ante todo, por el miedo. Porque hay que ser conscientes de las desigualdades que hacen de su llegada algo lejano a lo aleatorio. Y un hito de tal magnitud como una pandemia es una instancia para que todo elemento con el que convivimos y naturalizamos se abra como una incógnita en sí misma.

Si hay algo de lo que hablamos hace meses sin pausa es de la muerte y de las aristas que encierra. Esa es una de las preguntas implícitas que trae el texto: quiénes son les protagonistas de las epidemias, y de qué formas se ejerce dicho rol, situándose en la segunda mitad del s. XIX, el contexto en que nuestro país afrontó la mayor asolación de enfermedades.

Este libro da inicio con una imagen, a partir de la cual gira todo el relato y análisis posterior. No es una imagen al azar, sino que se trata del famoso cuadro de Blanes: “Un episodio de la fiebre amarilla en Buenos Aires” (1871). Óleo poderoso, no solo por el momento que invoca sino también por ser aquella que probablemente la mayoría de nosotres rememoramos al pensar en la fiebre amarilla. No solo está presente en manuales escolares, sino que es la primera que encontramos en Google. Lo busqué al momento de escribirlo por si acaso, y sí, efectivamente está en todas sus formas posibles: sepia, blanco y negro, con acercamientos al detalle, recortes, etc.

“Un episodio de la fiebre amarilla en Buenos Aires” (1871)

La imagen que busco es de este modo muchas imágenes de una misma representación. Sobre esta multiplicidad de evocaciones es que trabaja Fiquepron en la tesis doctoral que dio origen al libro, con la premisa central de analizar los hechos que se desenvolvieron en las epidemias de cólera y fiebre amarilla del s. XIX, pero asimismo de problematizar las narrativas y representaciones colectivas de la enfermedad que se subsumen. Plantea la necesidad de deconstruir el cuadro, mostrando la variabilidad de análisis que pesan sobre él. Destaco también la puesta en debate que hace sobre la historia de la salud, como un campo que requiere su propia especialización.

No creo que haya mejor tiempo que el presente para poner en jaque todas las lecturas que parten de hechos que nos abren paralelismo tras paralelismo. La mención de la pandemia como un punto de crisis en la organización social me llevó a una lista interminable de artículos en pleno 2020 haciendo la pregunta que engloba a todas las preguntas: ¿Algo va cambiar, o va a seguir todo igual? Nueva normalidad: ¿Ficción o realidad? La historia es muy buena para entender el pasado, pero por desgracia no hay ninguna materia en la carrera sobre futurología.

No sé si algo va a cambiar en nuestras sociedades o si las grietas emanadas del desorden van a cerrarse sobre si mismas. Como cuando te hacés un moretón y al principio es una constelación de violetas que parece cicatriz, comenzás la curación cuidándote en exceso de la fricción pero en una semana ya te olvidaste. En definitiva, no quiero arriesgarme a pensar en exceso lo que vendrá a partir de casos de coyunturas distintas. Mas sí es verdad que las pandemias del s. XIX aquí tratadas implicaron cambios sustanciales, partiendo de las costumbres funerarias hasta el corrimiento de la “buena muerte” que planteaba la religión.

En cuanto a la totalidad del libro, este se divide en seis capítulos. El primero analiza las respuestas sociales a las crisis abiertas por las pandemias, como la falta de planificación de Buenos Aires y la insalubridad sin protocolo. Me detengo sobre todo en la muy bien construida tensión, con eje en el cuadro de Blanes, que hace entre lo estático del hecho y su materialización en esa imagen inamovible hacia todo lo que excede al evento en si, partiendo de la idea de que una epidemia no entra y sale del tablero después de ocasionar estragos de medidas variables. Se mueve en ciclos epidémicos, se conjuga con otras enfermedades, y nos invita a pensar un marco a largo plazo.

Por eso Fiquepron habla de las epidemias como una crisis, con su propia lógica. Con objeto de instalar esta idea, en el primer capítulo recorre otras epidemias como la de viruela ocurrida entre 1828 y 1830. Es interesante también la descripción que se hace en este capítulo de los síntomas de la fiebre amarilla, por ejemplo, retratándola de forma vívida al mostrar sus efectos devastadores hechos carne en cuerpos reales. El último motivo por el que el primero me parece el más rico de los capítulos es por la vinculación que hace con otros procesos como la inmigración europea o la nueva constitución provincial.

Destaco también el segundo capítulo, que repara sobre las representaciones de la fiebre amarilla y el cólera , con la narrativa como un intento de darle sentido a la crisis. Entra ahi nuevamente el llamado a la propia realidad, cuando usa la expresión “enemigo invisible”. Me estresa un poco, tengo imágenes cual Vietnam de cadenas nacionales anunciado la extensión de la cuarentena. Por otro lado, este es mi capítulo favorito. Lógicamente el motivo es personal (porque aunque no me estés viendo la cara, lo juro, soy un persona), pero el análisis que hace sobre la sátira y el humor como método de control de la propia emocionalidad en un contexto desfavorecedor me llama poderosamente la atención. Y es bueno recordar el poder que ejercemos a través de lo tragicómico. Este tema es relacionado con los distintos actores sociales, desde familias hasta médicos, roles de parentesco, y esa conjugación de vínculos.

El tercer capítulo desarrolla una de las hipótesis fundamentales: las pandemias como vector de institucionalización. Fiquepron cuestiona la ausencia de un análisis que vincule a la sociedad y al Estado en cuanto al control y gestión de la enfermedad, analizando por otro lado sus muchas tensiones y presiones mutuas, para contactar ambas esferas.


En el cuarto y quinto, destinados a los rituales fúnebres, hace hincapié en los cementerios Paso hace tres años por el Cementerio de Chacarita con el 15 ramal Panamericana (el ramal vuelve todo más realista, además después de cuatro meses de aislamiento social extraño frenarlo en una calle de fila interminable en hora pico).

Al Cementerio de Recoleta lo miro de lejos cuando experimento turismo en mi propia ciudad. Entender los cementerios como lugares que chorrean historia, ver a lo cotidiano complejizado por las redes que los tejieron es profundamente relevante. Gestionar la muerte tiene ese halo tétrico. Pero en esa puesta en escena se ejemplifican múltiples desigualdades sociales sobre las que el autor enfatiza en ambos capítulos: el acceso a los obituarios, el ritual como marca de pertenencia de clase.

La administración del ritual, expresión de un derecho a lo simbólico que nunca fue de común acceso, en sintonía con enfermedades como el cólera que se expresaban corpóreamente en formas que denomina “deshumanizantes”. La reducción de la persona a la estadística. El hacinamiento en los conventillos habitados por clases bajas, donde se propiciaba el contagio, en contraposición a las clases altas que en sus casas de campo se resguardaron de la pandemia y sostenían su vida social en unas accidentadas vacaciones profilácticas. Esta multiplicidad de lecturas, percepciones, de corporizaciones de la enfermedad se desenvuelven en los capítulos 4 y 5.

El sexto y último capítulo da cierre al libro en torno a las memorias de la epidemia de fiebre amarilla de 1871. Abre el final con la base que inaugura la introducción: el diálogo con el arte, los cuadros y la enfermedad, los y las protagonistas de esas imágenes. A quiénes se elige retratar.

La muerte y la enfermedad como punto de quiebre cuando se colectiviza su percepción, el diálogo que se bambolea entre las instituciones estatales y un barullo social que no se contiene en narrativas tradicionales, lo estático y lo móvil de la imagen y lo que invoca conjugandose, y allí el cuadro de Blanes, símbolo fundante de una identidad nacional que se define por grandes hitos reivindicables como por lo traumático de la muerte en su expresión más mundana. De allí es que puede pensarse que nace nuestra historia, en el entrecruzamiento entre lo que fue, y lo que contamos de eso.

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[podés seguir leyendo sobre Historia Argentina en la siguiente reseña]

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