Les gauches queers: Las aventuras de la China Iron

por Belén de la Paz Sobral

Seguro leíste en el colegio, así sea solo fragmentos, de El gaucho Martín Fierro de J. Hernández, enmarcado canónicamente como nuestro “poema nacional fundacional”. También quizá te hicieron leer algunas reescrituras posteriores de la obra, probablemente “El fin” y “Biografía de Tadeo Isidoro Cruz” de otro peso pesado de nuestra literatura: el señor Borges.

Más difícil –pero no imposible- es que te hayan acercado en el contexto escolar “El amor” de M. Kohan o esta novela que vamos a presentar: Las aventuras de la China Iron (Random House, 2017) de G. Cabezón Cámara. Es que estas reescrituras –como otras emergidas en las últimas décadas- son sucias, poco protocolares, con interpretaciones del poema propensas a ofender al canon (1). En estas lecturas, por ejemplo, Cruz y Fierro están lejos de ser solo amigos leales que se reconocen en la desprotección de su condición de opresión dentro de un pseudo-sistema de castas expulsivo, propio de la Argentina del XIX; son amantes furtivos y apasionados.

Sobre –y contra- las bases fundacionales de la literatura argentina, emerge esta potente historia: novela de aventuras, si se quiere, aunque escogería esbozarla como un relato sobre la construcción de la identidad, tópico candente en nuestra tradición nacional. Esta obra, separada en tres partes determinantes, logra en un fluir de la consciencia (2) de la protagonista exponer de manera cómica, sincera y poética las principales premisas y concepciones vigentes en el tiempo de la formación del Estado Nacional.

La novela retoma la historia de la china –mujer de Martín Fierro en la emblemática obra de José Hernández-, abandonada a su suerte por el gaucho al ser llevado al fortín. Ella resurge con mayúsculas del clásico poema, permitiéndonos escuchar la voz eternamente acallada en la construcción de nuestra nacionalidad y cultura: la de la mujer de las taperas, el polvo, el mate y el facón.

Esta joven, de solo catorce años, decide dejar a sus hijos y a su pueblo en búsqueda de suerte; en ello se encuentra con Liz, la encarnación del Imperio británico que nos trae esta historia. A través de ella, se descubre: aparece ante la escocesa como una tabula rasa, ignorante de su propia ignorancia. Se fascina y horroriza al mismo tiempo de su barbarie, de su no-conocimiento. En el encuentro con este personaje se construyen su género, su orientación sexual, su origen, su nacionalidad y sus referencias. Junto con su perro Estreya y luego también al gaucho Rosario, estos personajes queers emprenden un recorrido por el desierto pampeano en una suerte de carreta cuasi-mágica en la cual parecería caber el mundo.

En este viaje se va a configurar, por un lado, el nombre de la china, ya que a esa altura de su vida aún carecía de uno: es bautizada por Liz como China Josephine Star Iron –iron sería la traducción al inglés de “fierro”. Este acto de nombramiento, que siembra piedad y pena en el corazón de le lectore, será solo el puntapié para forjar su identidad. A partir de esta sustantivación de su persona la China, haciendo nombre lo poco que Hernández le dedicó en su poema, comienza a entramar sus sentidos, a absorber todo lo que a su alrededor se encuentra desde una mirada totalmente librada de prejuicios.

La perspectiva de la protagonista nos permite acceder a la mixtura expuesta –en tanto géneros, diversidades, razas, etnias, nacionalidades- desde un rol observador no clasificador: la China no cataloga seres humanos en función de rasgos o preferencias de cualquier índole. Hace parte de sí a la tierra, al desierto, a los animales, los colores, las personas. Pronto, con el correr de la trama narrativa, todo sería confundido por ella en una misma entidad: todes animales, todes desierto.

También, en este mismo procedimiento, configurará a su entorno. Los atisbos de concepciones sarmientinas, puestas en la boca del estanciero, un José Hernández ficcionalizado, nos permite contraponer juicios entorno a qué es/era “lo argentino” en relación al rol de les extranjeres, indies y criolles en esa conformación, dejándonos a les lectores el trabajo comparativo y evaluativo. La confluencia de lenguas y la comunión de conceptos, que atraviesa toda la obra, nos lleva sigilosamente a una tierra desértica y utópica donde podrían convivir todes elles en perfecta armonía, logrando una lectura conciliadora de lo que conocimos en el colegio como barbarie.

La identidad de la China es el proceso que, como la alineación de la identidad del Estado Nacional, atraviesa y conecta toda la obra. Estas separaciones implícitas entre ese “todos” -al cual hace referencia el personaje de Hernández- que muchas veces solo son algunes, a los ojos de la protagonista toma otro color: ella se va configurando a través de les otres, no por su oposición. La barbarie, que al comienzo implicó en la China el horror de una no-identidad, será abrazada por la misma.

El paternalismo extranjero encarnado por Liz, será un insumo más para resignificarse. La enagua que tanto apreció, pronto se transformará en un calzón gringo, para luego ser el barro lo que cubra su piel: la no binariedad de su género ni de su sexualidad implica la conformación de la identidad más compleja y, al mismo tiempo, genuina de la obra. La protagonista se sentirá una auténtica lady con sus ropas de varón inglés, amará a las indias, a las chinas y a los gauchos por igual.

La construcción del personaje de la China implica la deconstrucción de las confortables definiciones previas que podamos tener como lectores, a la vez que apela a nuestras concepciones más arraigadas. Esto se logra con la caricaturización de la masculinidad, desnudándola en su total fragilidad. Luego de ello, el procedimiento natural será desarmarla, ya que la verdadera barbarie expuesta en la obra es la del macho –que cae borracho sobre una mesa, que apuesta a las mujeres, que le debe toda rigidez, violencia y enjambre de prohibiciones a su sexo asignado al nacer.

En definitiva, en esta trama se entrelaza la brutalidad de la violencia hacia las disidencias sexuales como a los grupos racializados, desde una feminización tanto de los cuerpos y los vínculos como de la política, desembocando en una síntesis que conjura una manera diferente de conceptualizar la patria –o matria. Estas líneas tejen el nudo final en la problematización del concepto de la propiedad privada: si tierra, personas, flora y fauna se confunden en un todo armonioso a la vez que conflictivo, también las disputas sobre su posesión serán puestas en jaque. Esto no es un dato menor, teniendo en cuenta que la obra está enmarcada en la época de la llamada “Conquista” del desierto, donde unas cuantas familias patricias se repartieron el territorio de los pueblos originarios, matando indies y descartando gauchos.

En este sentido, Gabriela Cabezón Cámara ha logrado una novela ambientada en el siglo XIX que consigue ser profundamente novedosa, presentándonos a una narradora con una inocencia genuina y desgarradora, la cual a través de un fluir de la consciencia nos permite acceder a esta reconstrucción de la época desde una perspectiva empática y profundamente actual. De esta manera, más que un intento de reescritura del canon fundacional de la literatura argentina, esta novela es una oportunidad para, en la vasta hipertextualidad expuesta, recrearse en las voces acalladas de nuestra sangre, y así cuestionar lo escrito e impuesto, interpelando insoslayablemente nuestro contexto actual.

En conclusión:

¿Es necesario leer primero M.F. para aventurarse en este texto?

No necesariamente, ya que muches, al pasar por la homogenización cultural de la escuela, ya tenemos una ligera noción de la obra. Aun así, recomiendo ojearlo un poquito para poder cazar las referencias intertextuales de la novela con el poema. Si hay que elegir una de las dos partes, recomiendo «La ida».

Es una novela ambientada en el siglo XIX en el desierto pampeano, ¿No es un embole?

No, no y no. Los debates de ese entonces en relación a la argentinidad, a les ciudadanes de primera y la mano de obra descartable es profundamente actual, ya que siguen enquistados en nuestros registros más naturalizados. Les gauches serían algo así como les planeres de hoy.

¿Es una lectura de verano?

¡¿Por qué no?! Reposera, patio o playa y barbijo: Las aventuras de la china Iron no te va a decepcionar.

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(1) El canon es el corpus de obras literarias que conforman lo considerado alta cultura en una determinada sociedad. Acá hacemos referencia al canon de la literatura argentina.
(2) El fluir de la conciencia sería una variante del monólogo interior en la que aflora el inconsciente, yuxtaponiendo imágenes y pensamientos íntimos, sensaciones y recuerdos, tal como se presentan en la conciencia (Marchese, 1978).

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