Canción sin nombre (2019)

por Esteban Vidal Saldarriaga

Son los años 80´en Lima. En medio de la violencia política y un país en ruinas, ser ayacuchana (1), migrante y pobre es una condición social bastante dura ¿no? ¿qué es lo “peor” que podría pasar? Probablemente perder a un hijo. Ese fue el lamentable caso de Georgina Condori, el personaje central de “Canción sin nombre”.

Con un pie en la realidad (2) y otro en la ficción, Melina León (re)construye la historia de una migrante gestante quien acude a una falsa clínica donde desaparecen a su recién nacido. En la búsqueda de su hijo, se topa entre un estado ausente y las barreras de la desigualdad, pero también llega a conocer al periodista Pedro Campos, quien la ayuda a emprender la búsqueda por la verdad y justicia.

Realizado en un singular formato de 4:3 a escala de grises, el trabajo cinematográfico de León posee un gran potencial para retratar la sociedad peruana de finales de siglo XX. En esta breve reseña quisiera partir de algunas ideas del sociólogo Guillermo Nugent sobre los modos y medios de comunicación (3) y reflexionar las figuras sociales e históricas que se retratan en las vivencias de Georgina.

El escenario de los años 80´ en el Perú era desolador: una galopante hiperinflación, una nación bajo la violencia política, un estado desbordado, la explosión de la informalidad, el caótico proceso de migración interna y demás desgracias. Georgina, en este medio, es una mujer indígena, migrante, quechuahablante, indocumentada y pobre, en breve, alguien a quien la sociedad le niega la condición de “ciudadana”.

Entre el escenario histórico y la complicada vida de Georgina se puede resaltar algo que recorre sutilmente todo el largometraje: en una sociedad donde históricamente la escritura y la oralidad son las principales formas de exclusión, los medios de comunicación y su creciente influencia en la sociedad se convirtieron en una posibilidad democratizadora. Desde las ideas de Nugent podemos observar, a lo largo de la película, el rol de los medios de comunicación como mediadores entre los que “están allá” y los que “están acá”, entre los ciudadanos de “segunda clase” y la sociedad “oficial”.

En las primeras escenas, Georgina se encontraba trabajando en el mercado y la radio local, a través de sus altos parlante, anuncia una “campaña gratuita médica para embarazadas”. Esto es de interés para Georgina, quien al parecer no cuenta con los recursos ni las orientaciones para obtener un tratamiento adecuado de su embarazo. Esto parece sencillo, pero históricamente no lo es: alguien con rasgos indígenas en nuestro país tenía altas probabilidades de ser analfabeta y/o quechuahablante, por ende, tenía pocas posibilidades para “informarse” y recibir un tratamiento médico formal. A pesar de que Georgina vivía en Lima, la condición de migrante aún la mantenía alejada de la Lima urbana, los que “están acá”, por ello la radio logra “acercarla” a la urbe para darle la debida atención médica, aunque en un local algo dudoso como veremos.

Observemos la figura de la atención: para Georgina ¿qué significaba ser atendida? Ella necesitaba ser atendida para cuidar y proteger la salud de su bebé, pero a la vez esa atención implicaba ser atendida socialmente, es decir, como ciudadana y poseedora del derecho a la vida y la salud ¿Y eso sucedió? No, todo lo contrario. Cuando acude para dar a luz, los “médicos” terminan por desaparecer al recién nacido. La aparente atención se vuelve en una desatención sistemática, devolviéndola con violencia a su posición real: la de ser ignorada por su condición social.

Cuando acude con su pareja por ayuda a las autoridades, los modos de comunicación se vuelcan en su contra: la burocracia la “pasea” entre sus silenciosos y cómplices pasillos, el policía no logra tomar su denuncia por la falta de “papeles” que certifiquen su condición de ciudadana. Al final, a pesar de estar aquí, en Lima, siguen estando lejos de ser personas para el estado.

Esto no queda ahí. El ímpetu de Georgina persiste, acudiendo así al edificio del periódico “La Reforma”. Observemos la siguiente figura: a diferencia de su actitud pasiva que tuvo entre los pasillos de la burocracia, aquí hace su ingreso de manera abrupta, gritando, pidiendo ayuda por su hijo desaparecido. Esta escena puede leerse como una violencia simbólica necesaria para “hacerse escuchar”, pues brevemente se repite la figura del “papelito manda” (una periodista le pregunta por sus “credenciales”). Menos mal, se da otro desenlace al ser atendida por el periodista Pedro Campos, quien se ofrece a ayudarla en su búsqueda.

La traducción del problema personal de Georgina y de otras madres en un problema de interés público es la clave de la película. A primera vista se puede ser optimista con los medios de comunicación, sin embargo, vemos dificultades y disputas para mostrar la verdad a los ojos públicos. Es necesario indicar el carácter más o menos independiente de Pedro, quien fue el único en mostrar interés tras el ingreso de Georgina en las oficinas del periódico. Esa misma independencia le permite persistir en la investigación. Tal independencia se visibiliza cuando se ve obligado a sobornar a un locutor de radio, cuando abandona un vínculo amoroso por amenazas de muerte o cuando persigue a algunos jueces para tener nuevos indicios. Esto último es lo más resaltante, ya que las mismas autoridades que “pasearon” a Georgina, son los mismo que apelan a la ley para mantener su silencio, perpetuando su impunidad.

Las autoridades, desde un trato tutelar, refirman las jerarquías y posiciones de la sociedad. Ello se ve de manera explícita cuando el senador le pide a Campos que deje el asunto porque “ya se están haciendo cargo”, minimizando el problema al decirle “¿Se imagina qué futuro hubieran tenido esos niños al lado de sus madres?”. Entre la cautela de no mostrar su desinterés y afirmar un supuesto esfuerzo por encontrar justicia, se retrata un sistema político excluyente y ajeno a los problemas sociales. Sin duda, el peso de los medios de comunicación para presionar y elevar problemas de los ciudadanos de “allá”, los de segunda categoría, se vuelve en la clave para posibilitar alguna esperanza de justicia.

Mientras que Georgina se queda sola, después de que su pareja se uniera a las filas de Sendero Luminoso, y Pedro se ve obligado a distanciarse de Isa, con quien entabla un vínculo amoroso, tenemos la impresión de que el problema, hecho público, sigue su curso más allá de la película. Después de un inicio festivo, con cantos ayacuchanos y danzas de tijeras, se muestra un poco de luz al final del túnel, pero sin lograr encontrar al bebé, culmina el relato con el canto dolido de Georgina en un primer plano.

Lo señalado creo que entreteje el gran retrato de Canción sin nombre, donde las disposiciones sociales e históricas de Georgina se hilvanan con lo que representa Pedro, un periodista más o menos independiente, quien intermedia con su oficio para elevar un caso que parece personal, pero termina siendo común para otras mujeres sin voz. Viéndolo desde un presente altamente comunicado, creo que aún podemos encontrar esas problemáticas, ya sea desde las desigualdades tecnológicas y de accesibilidad hasta en las formas de cómo nos seguimos comunicando en los múltiples medios y espacios sociales. Es así que, sutilmente, la forma en cómo atendemos, escuchamos y traducimos los problemas individuales a colectivos se vuelven claves para reconfigurar una cultura excluyente, sobre todo con aquellos que son silenciados y alejados a lo largo de nuestra historia como país.

Para agregar y concluir, es necesario resaltar el otro gran eje de la película: la mujer peruana en el contexto de crisis. En el largometraje se muestra tanto la adversidad como la lucha de las mujeres para atravesar su propia crisis. Ello puede verse en la escena donde Georgina ingresa a un comedor popular, organizado por madres de familias y termina por conocer más casos de recién nacidos desparecidos. Los comedores populares fueron espacios construidos por las mismas madres en estos pueblos jóvenes con la finalidad de sobrevivir al día a día y evitar que sus familias “mueran de hambre”. Pero también sirvieron como espacios para afianzar lazos de comunidad y apoyo entre ellas mismas, en este caso, para conocer a otras mamás en la misma situación de Georgina.

Este retrato fue recurrente durante esos años y persiste hasta la actualidad, pues las ollas comunes y los comedores populares se han convertido en una respuesta a las desigualdades agravadas por la pandemia. En ese sentido, marca una pauta para pensar a la mujer en la sociedad peruana, su rol y sus propias adversidades, las cuales deben ser, con toda justicia, atendidas.

Te puede interesar:

Notas y fuentes:

  • (1) El grupo terrorista Sendero Luminoso surgió en el departamento de Ayacucho, produciendo así un estigma hacías los ayacuchanos en el desarrollo del conflicto armado interno.
  • (2) El padre de Melina, Ismael León, fue parte del equipo periodístico de “La República” que investigó y reveló el tráfico de niños y recién nacidos entre los años 80´y 90´.
  • (3) Nugent, G. (2016). Errados y errantes. Modos de comunicación en la cultura peruana. Lima, Perú: La Siniestra Ensayos.
¿Te gustó el artículo? ¡Compartilo!

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *