Reseña de Malparidas

por Martín Bericat

Reseña de Malparidas - Revista Enraizada - Martin Bericat

Día de la muerte de Eva Duarte. La noticia viaja rápidamente, vía radio, a todo el país, incluyendo al pequeño pueblo de La Pampa en el que Josefina está a punto de dar luz. Eva, dice, mi hija se va a llamar Eva.

A partir de ese momento, Malparidas nos cuenta la historia de tres generaciones de mujeres argentinas que transitan los vaivenes de la vida cotidiana: Josefina, Eva y Victoria. A lo largo de las paginas, seguimos sus vivencias desde La Pampa en la década de 1950 hasta Mar del Plata bien entrado el menemismo.

El miedo a la represión, el peso de lo tradicional, la cruda violencia patriarcal, el irse a Buenos Aires en busca de oportunidades, la marca del exilio en aquel hijo que se tuvo que ir a España… todo eso va apareciendo de a poco, armando un rompecabezas que completa la foto de los problemas de la época. Cada una de las protagonistas de las tres partes del libro nos habla de problemas profundamente íntimos, pero compartidos.

Imagen de Malparidas - Natalia Bericat - Revista Enraizada
(fotos por Maia Habegger)

Es claro que, al escribir poesía, esta empieza a escaparse en todo lo que hacemos. Por más que intentemos en vano restringirla a un cuaderno o un libro publicado, sigue emergiendo cada vez que se ceba un mate, se habla, o se escribe una novela. Quizás un poco de eso haya, por suerte, en este libro. Gestos fundamentalmente poéticos componen los párrafos que nos van contando la trama: frases rítmicas, palabras cuidadas, música escondida entre las oraciones que se puede escuchar claramente al final de cada capítulo.

Así, Natalia intercala en la narración fragmentos de canciones, dichos o frases tradicionales de la Argentina: cuando vos fuiste, yo fui y vine mil veces… que sepa coser, que sepa bordar, que sepa abrir la puerta para ir a jugar… donde manda capitán no manda marinero. Todo esto, en conjunto, compone un clima para que los personajes se desarrollen. Casi como si guardaran el aroma a campo, a pueblo o a muebles viejos en un frasquito para luego abrirlo cada vez que empieza un nuevo capítulo, transportándonos a cada locación de la novela.

Y es que ese es otro punto que descansa entre líneas: el mudarse, el irse. De La Pampa a Buenos Aires, y de ahí a Mar del Plata. De la plaza del pueblito a la plaza de mayo. Cada hogar con su propia dinámica, sus reglas y tradiciones, pero a la vez arrastrando consigo una parte del lugar anterior. En el pueblo, por ejemplo, domina el silencio; el estar callada, el “qué dirán los vecinos”, el no responder nunca a nada. En definitiva, el silencio de mujeres confinadas a la violencia en sus casas. Silencio que Natalia retrata con puntos suspensivos en los diálogos, un gesto recurrente que da muestra de lo que no se dice, pero sigue estando.

Así, cada protagonista vive su mudanza, su irse, casi como si se pudiera escapar del pasado a fuerza de distancia geográfica.  Y de esta distancia emerge otra cuestión fundamental: en esta novela, la Argentina no es solo Buenos Aires.

No es fácil reseñar un libro escrito por un familiar. Pero Malparidas amerita intentarlo de todos modos. Los (las) personajes de la novela parecen recolectar en su propia vida las experiencias de muchas. A lo largo de las páginas vi emerger relatos de nuestra familia y de otras, agazapadas entre la ficción para narrar lo que en su momento no pudo ser narrado.

En una de las presentaciones del libro, le llegó a la autora una pregunta del público:

  • ¿Quién sería, de tu familia, cada personaje? Mejor dicho, ¿En quién te inspiraste?
  • En todas.

Esa respuesta quedó resonando. Claramente, la ficción permite contar experiencias que son compartidas, volcando lo colectivo en la historia de cada personaje. Así, Josefina, Eva y Victoria nos hablan de mucho más que de ellas mismas, son una y todas a la vez.

Si David Viñas, en su novela Hombres de a Caballo, había contado una parte de la historia argentina desde el punto de vista del universo masculino (el ejército, la guerra, los compañeros, las generaciones de hombres), Malparidas se establece con una visión distinta de las cosas. Lo que había sido dejado como telón de fondo, pasa ahora a ser el frente de la narración: las tareas domésticas, las redes de amigas, la violencia intrafamiliar y la complicidad de la Iglesia.

Y a la par de esto, el universo del peronismo: la importancia de ella (porque era así como Viñas llamaba a Eva Duarte, un gesto que Natalia decidió recuperar) en las mujeres de la familia. Es una historia desde abajo, a contrapelo, dos conceptos que se suelen usar sin discreción y que normalmente no significan demasiado. Pero en este caso, la postura es clara: tres generaciones de mujeres nos cuentan una dimensión distinta de la historia nacional, peronismo inclusive.

Hablamos del inmenso arraigo popular, de un pueblo entero de luto el día que falleció Eva, de una pareja de adolescentes que se enamoran en la plaza un 17 de octubre, del horror de las bombas que llueven del cielo con la leyenda cristo vence, de una familia pegada a la radio para discernir si falleció o no algún compañero.

Hay un punto que es importante destacar: en Malparidas se conjugan con total naturalidad tres dimensiones muy difíciles de balancear. Por un lado, la reivindicación política en el acto de nombrar y narrar las violencias silenciadas del pasado. Por el otro, lograr a la vez una trama sólida y atrapante que de sostén a esa reivindicación. Y por último, no por eso menos importante, el cuidado por la prosa y el gesto poético al escribir, que no solo es derivado del dominio de la forma, sino también de una manera de mirar. En palabras de Olga Orozco, “El poeta ve lo poético aun en las cosas más cotidianas”.

Para conjugar la más absoluta cotidianeidad con los procesos históricos a gran escala, nada mejor que la ficción. Mientras tanto, esperamos que esta sea la primera de una larga lista de novelas y poemarios.

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